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El mundo no es lugar para niños

La economía y el mercado, por sí solos, no son suficientes para salvaguardar los bienes comunes globales

de Luigino Bruni

publicado en Città Nuova nº 17/2015, 10/09/2015

Migrazioni BambiniEl mundo se está convirtiendo en un lugar poco seguro para que los niños y las niñas puedan vivir y crecer. Hace treinta años las fronteras políticas e ideológicas eran todavía muy altas y robustas. Para viajar “al extranjero” hacían falta visados y un montón de papeles. Pero, una vez que se llegaba al país extranjero, se percibía una seguridad que hoy ya no se conoce. Era posible ir a Oriente Medio, al Sinaí; visitar Damasco y Palmira; recorrer la ruta de la seda entera y después ir a Bagdag y revivir en la antigua Persia el encanto y la fascinación de los orígenes de nuestra civilización; pisar la tierra de Abraham y descender desde allí hacia el Jordán.

Hoy muchos de estos espléndidos viajes son de hecho imposibles, porque demasiados patrimonios de la humanidad se han hecho inaccesibles. Enteras generaciones de jóvenes han crecido ya y siguen creciendo sin poder conocer estos profundos pozos de civilización, que guardan un agua que no se encuentra en otros lugares. Y así crecen inmensamente más pobres.

En estas últimas décadas, la dimensión económica de la vida ha conocido un verdadero triunfo. Se estima que en el último siglo la riqueza económica mundial ha crecido más de setenta veces. Aunque nosotros, si volvemos la mirada a estos últimos años, podamos tener una sensación de crisis o incluso de fracaso de la economía, en realidad la economía es una ciencia y una praxis que ha tenido un éxito enorme, que hace palidecer a todas las demás disciplinas y prácticas. Este híper-crecimiento económico, favorecido por la alianza entre empresas, finanzas y técnica, se ha convertido poco a poco en el objetivo de todos los gobiernos, sobre todo de las viejas y nuevas grandes potencias. Con ello se ha producido un natural y progresivo eclipse de otras dimensiones fundamentales de la vida, sobre todo las del medio ambiente y la política globales. La obsesión por el crecimiento del PIB, del consumo, del confort, ha ensombrecido, sin que nos demos cuenta, las dimensiones colectivas y públicas que fueron características de la sociedad europea y occidental hasta los años setenta del siglo pasado. El peso de la economía, en sí misma y dentro de la vida social, ha aumentado y sigue aumentando de forma exponencial. No sólo estamos todos concentrados en el aumento del PIB, sino que el lenguaje y la lógica de la economía están emigrando de las empresas y los bancos hacia nuevos ámbitos de la vida civil. Los valores, el lenguaje y las virtudes económicas (eficiencia, meritocracia, velocidad…) se están convirtiendo en los valores y las virtudes de todos los ámbitos humanos. Las deudas, los créditos, la oferta y la demanda, han entrado en la escuela. En el tren, los “señores pasajeros” se han convertido en “clientes”. Los hospitales se han transformado en empresas. Y en los santuarios, los “consejeros” ya están ocupando el puesto de los confesores.

Para entender dónde está el “problema” de este fenómeno, que para algunos no tiene nada de problemático, hay que tener muy en cuenta que apostar por las dimensiones económicas de la vida (el consumo y las finanzas, sobre todo) produce inevitablemente un desplazamiento de la mirada desde las dimensiones colectivas y públicas hacia las individuales y privadas. Así, el medio ambiente, la paz, el proyecto europeo, la seguridad de todos, quedan cada vez más en segundo plano, dejando que la escena la ocupen el jardín de casa, la paz de los centros de bienestar, los intereses de cada país o la seguridad blindada de mi apartamento y de mi crucero. Pero no la seguridad de las barcazas de los pobres, que en definitiva es la seguridad de todos, pues cuanto más inseguros y frágiles son los pobres, más frágil e insegura se hace toda la sociedad. Pero, como nos dice la mejor teoría económica, cuando nuestra atención se concentra en nuestros bienes privados, lo que ocurre es que los bienes públicos y sociales salen de nuestro horizonte visual. Simplemente se destruyen, sin que nadie individualmente haya querido hacerlo. Si cada uno de nosotros no cuida intencionadamente los bienes comunes como el medio ambiente, la escalera de la comunidad de vecinos, la integración de los pueblos o la paz global…, éstos no durarán. Además, como dice también la teoría, una vez que los bienes comunes son destruidos por distracción y por ‘falta de cuidado’ ya no es posible reconstruirlos.

Para salvaguardar y cuidar los bienes comunes globales, la economía no puede hacer nada. Porque el mercado crece con la paz, pero también crece con la guerra. La historia humana siempre ha alternado economías de paz con economías de guerra, crecimiento económico debido al encuentro pacífico entre los pueblos con crecimiento del PIB debido a las guerras y a la reconstrucción posterior a los escombros. Desde este punto de vista, el mercado es radicalmente “laico”. La economía crece cuando vamos de vacaciones a Siria e intercambiamos en paz bienes y servicios, o cuando vamos con los amigos a una pizzería. Pero también crece cuando instalamos alarmas dentro de casa, cuando contratamos vigilantes de seguridad, o cuando levantamos muros y fabricamos minas anti-persona y anti-niño. La economía no es capaz de producir ella misma los anticuerpos necesarios para protegerse de los traficantes de muerte. Deben inyectarse desde afuera.

Volveremos a dar a nuestros hijos la oportunidad de visitar los patrimonios de la humanidad hoy inaccesibles si somos capaces de mirar menos a nuestro confort y a nuestra seguridad individual y más al bienestar y a la seguridad de todos; si nos distraemos de los bienes económicos privados para mirar, de nuevo juntos, a los bienes civiles, medioambientales y públicos. Si no lo hacemos, pronto llegará el día en que no podremos disfrutar ni siquiera de la paz de nuestra piscina de casa, porque no hay muro ni puerta blindada ni empresa de vigilancia privada que pueda protegernos de verdad. Si no cuidamos el bosque que rodea nuestra casa y lo convertimos en un basurero, pronto infestará nuestra cocina y la habitación de nuestros hijos. La seguridad más grande es la de todos; el bienestar más verdadero es el compartido.

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