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La economía civil de Albert Hirschman

Albert Hirschman, uno de los economistas más creativos y audaces del siglo XX, supo dar a la reflexión económica aportaciones fuertemente innovadoras. Nos acercamos a su figura.

por Luca Crivelli

publicado en: Città Nuova el 13/12/2012

Albert_Hirschman_ridEl 11 de diciembre se apagaba en los Estados Unidos, a la edad de 97 años, la vida de Albert Hirschman, uno de los economistas más creativos y audaces del siglo XX (profesor en Yale, Columbia, Harvard y Princeton). Judío berlinés, exiliado a Francia en 1933 (tras la llegada de Hitler al poder) y ciudadano norteamericano desde 1943, Hirschman ha dado a la reflexión económica y social aportaciones fuertemente innovadoras, adoptando una posición dialéctica con respecto a la teoría dominante.

Desde el punto de vista político, Hirschman se situaba en el frente progresista militante, pero su pensamiento tiene muchos puntos de contacto con la tradición italiana de la economía civil. En primer lugar, se distinguió por su planteamiento anti-reduccionista y por su tensión hacia la superación de la estrechez antropológica del paradigma neoclásico. En sus artículos aparecen, con gran anticipación, palabras que, con el paso del tiempo, han adquirido gran actualidad en el debate contemporáneo sobre la economía civil: felicidad, confianza, preferencias y valores, amor y espíritu cívico, desplazamiento de las motivaciones intrínsecas, acciones instrumentales frente a actividades afectivas y expresivas…

En el libro “Las pasiones y los intereses”, de 1977, hizo un loable análisis del capitalismo; la modernidad basada en las relaciones de mercado representaría el intento de fundar el vínculo social en los intereses, con el fin de neutralizar pasiones consideradas mucho más nocivas y tristes. En “Felicidad privada y felicidad pública”, un trabajo publicado en 1982 que ha vuelto a ponerse de actualidad durante la primavera árabe y las recientes manifestaciones de los indignados en España y en Wall Street, aborda con gran profundidad el tema del desplazamiento cíclico de los intereses: desde la concentración exclusiva en el consumo privado la atención se desplaza a la esfera pública y después vuelta a la aspiración por un mayor bienestar material.

Su obra más conocida es, sin duda, “Exit, Voice and Loyalty”, un libro que analiza el nexo nada evidente que existe entre el mecanismo de la defección (“exit”) y el de la protesta (“voice”). Mientras que el primero es el instrumento por excelencia al que recurren habitualmente los mercados, el segundo encuentra mayor aplicación en la esfera política y en la sociedad civil, o sea, en contextos en los que la salida representa muchas veces una opción demasiado costosa o incluso traumática.

La intuición que tuvo en 1970 fue que la presencia de ambos instrumentos, uno al lado del otro, podría no ser ventajosa, sobre todo cuando la dimensión en la que se juega la competición es la calidad. Al igual que la oportunidad de salir “con bajo coste” de un vínculo (económico o social) puede restar fuerza a la protesta, el sofocamiento de la protesta en una organización puede hacer inevitable la defección. Por ejemplo, el hecho de haber facilitado el divorcio en las sociedades occidentales (determinando una salida cada vez menos traumática de la relación matrimonial) podría haber causado una reducción de los esfuerzos de los cónyuges por mejorar la comunicación en la pareja y por buscar un camino de reconciliación. Pero en otras situaciones ambos instrumentos pueden convertirse en valiosos aliados. En los días de la caída del régimen comunista, en la República Federal Alemana, la defección y la protesta se fortalecieron mutuamente. El éxodo en masa de jóvenes hacia Berlín Occidental impresionó y entristeció a algunos de los ciudadanos más leales, que no pensaban en absoluto en abandonar el país. Cuando sus preocupaciones fueron lo bastante fuertes, decidieron hablar con franqueza e hicieron caer al gobierno comunista.

La vida y el pensamiento de Hirschman estuvieron marcados por una profunda vocación por el diálogo interdisciplinar: el Hirschman economista nunca dejó de traspasar la frontera de otras disciplinas, poniéndose unas veces el traje de “politólogo” y otras veces el de otras ciencias sociales (como la sociología, la historia, la antropología y la filosofía). A Hirschman no le atraía simplemente la comprensión de la realidad y de los hechos. El sentía en su interior el deseo de transformar el mundo, para que fuera mejor, y por ello en su vida y en su pensamiento trató de “combinar el activismo político con una continua búsqueda de la verdad”.

Se esforzó, con una voluntad extraordinaria, en superar toda forma de autoritarismo, también el intelectual, y de narcisismo. Ya en su madurez, Hirschman se dedicó de forma sistemática a la deconstrucción de sus propios puntos de vista, criticando sus mismas teorías y buscando sus puntos débiles. Aceptando las limitaciones de su propio pensamiento, supo reconocer ámbitos en el mundo social en los que las relaciones originariamente postuladas no eran del todo válidas, sin sentirse disgustado por la nueva complejidad que salía a la luz.

Un ejemplo emblemático de auto-subversión fue el panfleto “The Rhetoric of reaction”, escrito con ímpetu luchador para estigmatizar la retórica y las posiciones de la política social y económica de la derecha neo-conservadora norteamericana. Al llegar al último capítulo del libro, Hirschman no pudo dejar de dirigir su atención a los temas retóricos en los que solían caer las fuerzas progresistas. De un ataque de parte a las posiciones neoconservadoras, el libro pasó a ser una denuncia general de todas las retóricas de la intransigencia. Algunos años más tarde, Hirschman confesó que un imperativo categórico le había llevado a continuar escribiendo el libro, sin autocensurarse, con la intención de animar a todos a evitar el diálogo de sordos que impide la comunicación genuina entre grupos rivales, que es la clave de toda democracia.

Se ha apagado la vida de un gran maestro, pero sus intuiciones siguen más vivas que nunca y su honestidad intelectual nos deja una preciosa herencia: la certeza de que un autor es verdaderamente grande cuando su vida ha sabido estar a la altura de sus escritos.

 

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