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Habitar el sábado

 Comentario – Sociedad y economía, mujeres y carismas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 30/03/2013

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Cada día resulta más evidente que el mundo político, civil y económico que construimos en el siglo XX ha muerto, sin que de momento consigamos atisbar la resurrección. Estamos en el sábado. Un ‘todavía no’ sin ‘ya’. La historia humana ha conocido y conoce muchos sábados santos, algunos de los cuales han marcado un cambio de época. Por eso también es importante que en la raíz del acontecimiento cristiano y, con él, del humanismo europeo, esté el sábado santo, el tiempo histórico entre la muerte y la resurrección, que forma parte también de la historia de la salvación. El sábado santo no es sólo un vacío, una ausencia, una pausa, un sueño, ni sólo una espera.

Es también el comienzo de un paso, una actividad, una vigilia, una presencia. Allí encontramos a los apóstoles, que, desilusionados y atemorizados, se retiran desanimados y bloqueados por la gran crisis. Pero también hay algunas presencias, sobre todo de mujeres. Tal y como nos recordó Carlo Maria Martini, en una carta del año 2000, en el sábado está la presencia de María, la madre de Jesús. Mientras los hombres huyen, las mujeres se quedan, están, habitan el sábado, actúan, esperan activas. La presencia de aquellas mujeres, en aquella cultura, nos dice al menos tres cosas. En primer lugar, nos recuerda el valor de la vida y del cuerpo, incluso del cuerpo herido, sin vida. Van al sepulcro a ungir un cuerpo y no se dejan bloquear por la gran piedra colocada en la entrada. El segundo mensaje se refiere a los pobres: las mujeres no eran importantes en aquella cultura, se encontraban por naturaleza entre los últimos de la sociedad, eran frágiles y vulnerables. Pero son ellas las que no huyen, las resilientes ante la gran prueba, las que esperan activamente.

Las mujeres y María – tercer mensaje – son también la presencia de los carismas, porque tienen una familiaridad espiritual y una especial consustancialidad con ellos. «Ave María, llena de charis», de caris-ma y de gratuidad. No es casual que el gran teólogo Hans Urs Von Balthasar utilizara casi como sinónimos las expresiones «principio carismático» y «principio mariano». Y los carismas, como sabemos, son dones que permiten ver más allá, ver de forma distinta, ver cosas que otros – en este caso los apóstoles – no ven. Y al ver de forma distinta, actúan y obran también de forma distinta. Nuestra sociedad y nuestra economía podrán ver el alba de la resurrección si sabemos vivir bien este tiempo del sábado.

Hoy también, ante nuestras crisis, son muchos los que huyen de distintas maneras (a paraísos fiscales, a una web carente de verdaderos cuerpos, a un cinismo sin compromiso cívico). Y también hoy tenemos gran necesidad de los ‘habitantes del sábado’: de las mujeres, que siguen estando demasiado alejadas de los lugares importantes, y sobre todo de los carismas. En los sábados de la historia, mientras las instituciones sufrían, huían y morían, la humanidad se salvó porque los carismas y muchas veces las mujeres fueron capaces de quedarse, bajo las cruces y ante los sepulcros de su tiempo. Esperaron activamente. Entre la muerte del imperio romano y el renacimiento de la civilización ciudadana en Italia y en Europa, no hubo sólo un vacío y una ausencia: en el vado entre uno y otro mundo estuvo la presencia de muchos carismas monásticos, que en la espera salvaron e inventaron la nueva Europa, supliendo la muerte de las viejas instituciones e inventando otras nuevas.

Entre el final del “ancien régime” y los modernos estados sociales, florecieron cientos, miles, de carismas e instituciones carismáticas que inventaron, con la creatividad típica de la charis/charitas, la cura para las nuevas y viejas formas de miseria y exclusión, que formaron e instruyeron a generaciones enteras de hombres y mujeres. Lo mismo podríamos de la revolución industrial y el estado social, del fascismo y la democracia, y podríamos ampliar nuestra mirada a la India de Gandhi y de la Madre Teresa, o a las instituciones de microcrédito de Sor Nancy Pereira. Los carismas, como María en las bodas de Caná, ven por adelantado y hablan, a veces gritan: "No tienen vino". Los carismas son los protagonistas de los sábados santos de la historia, que hacen de puente entre los viernes y los domingos y acompañan el camino. A nuestro sábado le faltan los carismas y su mirada, que están demasiado ausentes o marginados de la esfera pública, económica y política.

Es emblemático que busquemos las personalidades capaces de sacarnos del pantano político-económico irresponsable en el que estamos metidos, entre los técnicos, profesores e intelectuales, sin darnos cuenta de que estas categorías ya no tienen, desde hace tiempo, los recursos morales necesarios para mover la gran piedra que hay delante del sepulcro… Para quitar esa piedra no hace falta técnica, sino ojos de resurrección. Necesitamos místicos, carismas, profetas, personas capaces de ver que falta ‘el vino’ y después hacer que llegue pronto y de verdad. Pero los nombres de estos hombres y, mejor aún, mujeres espirituales no se dicen ni se piensan. Al mismo tiempo, el mundo de los carismas, todavía vivo y fecundo, debe hacer más y debe alzar su voz, que siempre es la voz de los pobres y para los pobres. Y después debe también hacer propuestas políticas, porque los carismas son dones para el bien común y por lo tanto son asuntos laicos, civiles y políticos.

Cuando falta la voz y la presencia de los carismas, las instituciones no saben ver ni obrar por el bien común, sobre todo en el tiempo del sábado. Nuestra crisis es sobre todo una crisis espiritual, porque con el fin de las ideologías se han apagado los motores simbólicos de nuestra fábrica cívica y económica. Y cuando se apaga el Paraíso grande, llegan otros pequeños y artificiales que pronto se revelan como grandes infiernos. Volvamos a darle a nuestro sábado los ojos de los carismas.

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