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La otra economía que lleva el nombre de Francisco

 Comentario – Ideas y obras, más allá de la cultura del no-abrazo

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/03/2013

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Francisco es un nombre que dice mucho, incluso a la economía y a las finanzas. Si sabemos y queremos escuchar, veremos que nos lanza mensajes esenciales para sanar, verdaderamente y profundamente, nuestras crisis. Francisco de Asís, amante de la ‘señora pobreza’, está en el origen de importantes cambios económicos, teóricos y prácticos. El movimiento franciscano dio vida a la primera escuela importante de pensamiento económico y está también en el origen de la banca y las finanzas (los famosos Montes de Piedad, precursores de las finanzas populares y solidarias en Italia).

Pero pocas veces se recuerda que estas instituciones bancarias populares surgieron después de dos siglos de una profunda y sistemática reflexión cultural y filosófica sobre la economía, la moneda y el mercado.

Olivi, Scoto, Occam y decenas de maestros franciscanos fueron también doctores en economía, porque entendieron, por instinto carismático, que debían estudiar las ‘cosas nuevas’ de su tiempo y reflexionar profundamente sobre los grandes cambios de su época, en la que estaba comenzando una gran revolución comercial y ciudadana que desembocó después en el Humanismo civil. Estudiaron economía por amor a su gente, sobre todo a los pobres.

El primer mensaje que nos viene de Francisco y de su movimiento carismático es el significado moral y cívico del estudio y la ciencia. Esta crisis nos está diciendo cada día con más fuerza que la economía y las finanzas unidimensionales (con la única dimensión del beneficio a corto plazo) producen desastres e in-humanismo (Chipre es la enésima señal). Pero mientras la crisis sigue cosechando víctimas, en todas las universidades se siguen enseñando y aprendiendo la economía y las finanzas regidas por los mismos principios que han causado esta crisis. Los mismos libros de texto, los mismos dogmas y la misma altanería imperialista de nosotros, los economistas. Nuestros mejores estudiantes se siguen formando en cursos de doctorado con los mismos programas del año 2007.

Francesco invita a los verdaderos amantes del bien común y de la ‘señora pobreza’ (la primera medida del bien común siempre son las condiciones en que viven los pobres), a invertir mucho más en el estudio de las res novae de nuestro tiempo, que son los temas del trabajo, la gestión de las empresas, la economía y de las finanzas, que hoy se resienten también por esta ‘falta de pensamiento’. Según el ejemplo de los antiguos Montes de Piedad, el mundo se cambia dando vida no sólo a libros y conferencias, sino a nuevas instituciones.

Los carismas, entre otras cosas, produjeron universidades, que se situaron en la frontera de la innovación cultural de su tiempo, porque la capacidad de ver antes y más lejos es típica de los carismas. Hoy nuestra cultura y nuestra ciencia sufren por la falta de carismas, que deben volver a desempeñar su tarea, que es también tarea civil, científica y cultural. Hay una enorme y vital necesidad de dar vida a nuevos institutos de investigación y a nuevas universidades en las que se puedan estudiar de otra forma contenidos distintos a los que se siguen enseñando en los templos del saber, muchos de los cuales están financiados por estas (malas) finanzas. Hacen falta nuevos studia y nuevas scholae donde se elabore, a un alto nivel, un pensamiento económico y social distinto, así como escuelas populares que difundan y alimenten con la vida ese nuevo pensamiento a todos los niveles. ¿Dónde están estas instituciones? Si no las creamos, seguiremos quejándonos de la crisis y el paro, pero no estaremos a la altura de Francisco y los franciscanos que trabajaron para orientar la sociedad de su tiempo, con nuevas ideas y nuevas ciencias.

Otro mensaje de Francisco es, como no podría ser de otro modo, la pobreza. Este mensaje está muy unido al primero, pues no es casual que la ciencia sea un fruto del Espíritu, del mismo Espíritu que es ‘padre de los pobres’.

Hay palabra que siempre son negativas: mentira, esclavitud, racismo... Pero la pobreza no es una de ellas, porque después de Francisco (y por ende después del cristianismo) cuando se habla de pobreza siempre deberíamos especificar de qué pobreza estamos hablando. Esta gran palabra abarca un amplio campo semántico, que va desde el drama de quienes sufren la pobreza hasta la bienaventuranza de quienes la eligen libremente, muchas veces para rescatar a otros de la pobreza no elegida, sufrida. Nuestra cultura no tiene instrumentos adecuados para hacer frente a las antiguas y nuevas pobrezas no elegidas porque ha perdido el contacto con la semántica de las pobrezas elegidas, que se llaman un estilo de vida sobrio, solidario, y sobre todo una comunión festiva y fraterna. Francisco nos recuerda que solo quien ama la pobreza buena sabe primero ver y después combatir la pobreza mala.

Mientras los programas gubernamentales, públicos y privados de lucha contra la pobreza estén pensados e implementados por políticos y funcionarios que alternan los congresos sobre la pobreza con vacaciones propias el rico Epulón, la pobreza seguirá siendo objeto de estudios (muchas veces inútiles), informes y congresos, pero no será vista, ni comprendida, ni sanada. Para curar la pobreza hacen falta los carismas, hacen falta pobres que cuiden de los pobres. El capitalismo filantrópico está aumentando las instituciones que se ocupan de la pobreza, pero sin crear un verdadero encuentro entre quien ayuda y quien recibe la ayuda.

Francesco curó, al menos en el alma, a los leprosos de Asís (en Rivotorto), abrazándoles y besándoles. El abrazo es la primera cura. Francisco nos lo recuerda hoy, advirtiéndonos de que no caigamos en las trampas de nuestra cultura dominada por la inmunidad, una cultura del no-abrazo que se está gestando también dentro de nuestras instituciones nacidas para ‘curar’ la pobreza, donde cada vez hay más profesionales de la asistencia (y eso es bueno), pero tal vez menos abrazos. El índice de fraternidad – otra espléndida palabra franciscana – se mide por el grado de inclusión comunitaria de los pobres, que puede ser inverso a la creación de entes especializados para atenderles. A veces se subcontrata con estos entes el ‘cuidado de los pobres’ con el fin de mantenerlos bien lejos de nuestras ciudades, inmunes e inmunizadoras.

Volvamos, pues, a escuchar a Francisco y sus mensajes antiguos, sus mensajes de futuro.

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