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Más tiempo, menos moneda

Comentario – Nueva normalidad: la crisis nos lleva a recuperar el valor de compartir bienes y servicios.

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 28/10/2012

logo_avvenireLos "new normal", los nuevos normales: así es como llaman en Norteamérica a la parte de la población que pertenecía a la clase media y que ahora, a causa de la crisis, está cambiando de estilo de vida y hace cosas que hace tan solo unos años se consideraban anormales o típicas de las clases más pobres. Estos nuevos comportamientos ‘normales’ no sólo incluyen una reducción del consumo de bienes y servicios que hasta hace poco se consideraban casi indispensables, sino también nuevas formas de compartir, que están creciendo rápidamente en la sociedad norteamericana y en todo el occidente en crisis.

Una de ellas es el gran desarrollo de los Bancos de Tiempo, una importante innovación (muy anterior a la crisis) que consiste en crear una red de intercambios en los que la moneda, es decir la unidad de cuenta y de cálculo de las equivalencias, no es el dinero sino el tiempo. Por ejemplo, se ofrece una hora de jardinería a cambio de una hora de otra actividad, en base a normas de reciprocidad tanto directa como indirecta (donde el crédito o el débito de A hacia B puede ser correspondido también por C).

En los verdaderos bancos de tiempo, la economía recupera su naturaleza originaria de encuentro entre personas, donde el intercambio de bienes y servicios era subsidiario de los bienes relacionales, que hoy, por el contrario, cada vez están más contaminados por unos mercados demasiado anónimos y despersonalizados. Los bancos de tiempo también están presentes en nuestro territorio, promovidos habitualmente por asociaciones de la sociedad civil, casi siempre dentro de un entramado bien articulado que, en algunos casos, adquiere la forma de un auténtico sistema de intercambio y desarrollo local, con redes de grupos de compra solidaria, cooperativas, administraciones públicas con amplitud de miras, bancos territoriales, asociaciones, Caritas, etc.

De este modo, las antiguas virtudes cívicas y los oficios están viviendo hoy una nueva primavera, con el añadido de un protagonismo relevante de las mujeres y los ancianos. Son señales positivas de la crisis que, si estuvieran más extendidas y apoyadas por una buena política, podrían hacer que fueran de nuevo ‘normales’ algunas prácticas comunitarias y solidarias sobre las que se ha fundado nuestra cultura occidental y cristiana y que fueron en buena parte destruidas en la era de la opulencia y el derroche insostenible. Detrás de este fenómeno de los bancos de tiempo, que va en aumento,  hay que reconocer un proceso más general y más estructural, que podría ofrecer elementos capaces de producir un cambio profundo en nuestro modelo económico capitalista.

Pero para comprender el reto que se esconde detrás de estas experiencias, aparentemente sencillas y todavía poco conocidas, hay que tener una mirada más profunda. En primer lugar, hay que ver la creciente desigualdad y hay que verla desde un punto de vista no demasiado conocido y bastante infravalorado. Es la tendencia radical de nuestro sistema capitalista a una progresiva ampliación de la zona cubierta por los intercambios monetarios. En Norteamérica (y no sólo allí) ya se considera ‘normal’ pagar un extra en los teatros y museos para no hacer cola; o pagar a los estudiantes para incentivar su desempeño; por no hablar de la ya habitual penetración de la lógica monetaria en la sanidad, en la cultura e incluso en la familia, donde ya es habitual incentivar a los adolescentes pagándoles por realizar las tareas domésticas.

Sin entrar en cuestiones éticas fundamentales que tienen que ver con la ampliación del uso de la moneda en esos ámbitos de la vida civil (¿estamos seguros de que evitar la cola en un teatro, en un hospital o en un aeropuerto por ser más ricos es compatible con la democracia?), todo eso tiene una consecuencia directa en la vida diaria de las personas, sobre todo en la de los pobres de siempre y en la de los nuevos normales. Si la moneda cada vez cubre más necesidades, es decir si tengo que pagar par obtener bienes y servicios que antes ofrecía la comunidad (cuidados, educación, escuela, sanidad...), hay una consecuencia evidente pero de la que no se habla, que es el agravamiento de las condiciones de vida y la exclusión social de quienes no tienen esa moneda o tienen muy poca. Por eso, un mundo que, además de ser desigual en la renta, aumenta el recurso a la moneda para nuevas actividades, algunas de las cuales son esenciales para vivir, hace que la vida de los más pobres sea tremendamente dura.

Aquí es donde adquiere pleno sentido cívico y económico estos movimientos de reciprocidad no mercantil, como los bancos de tiempo y similares. Una forma eficaz de luchar contra la falta de renta es reducir el recurso a la moneda para obtener bienes y servicios. Si fuéramos capaces de organizar nuestra vida diaria aprovechando más el principio de reciprocidad, incluyéndolo dentro del sistema, podríamos gestionar una parte significativa de los servicios asistenciales, oficios y competencias, sin tener que recurrir al instrumento monetario. Entre otras cosas, porque muchos de los nuevos ‘normales’, que son jóvenes, mujeres y ancianos, tienen menos ingresos pero más tiempo y muchas veces competencias que el mercado de trabajo no requiere hoy pero que son muy útiles para la gente. Entonces ¿por qué no hacer que surja en Italia una nueva era de sistemas locales de intercambio basados en el principio de reciprocidad? Como ciudadanos volveríamos a apropiarnos de partes importantes de la vida asociada, de la democracia y por lo tanto también de la libertad y pondríamos en marcha la creatividad, innovación, protagonismo, trabajo, nueva confianza y capitales cívicos cuya carencia es la auténtica pobreza de la Italia de hoy.

Sería una era parecida al nacimiento del movimiento cooperativo a finales del siglo XIX, cuando, en tiempos de profunda crisis industrial y rural, Italia supo realizar un verdadero milagro económico-civil, creando decenas de miles de nuevas empresas en todo el país. Pero haría falta también una política de amplias miras que, por ejemplo, no viera estas transacciones como una forma de evasión fiscal sino como una expresión del principio de subsidiariedad, del que muchos hablan pero pocos concretan. De esta crisis seguramente saldrá una nueva ‘normalidad’. Hoy nos encontramos en una encrucijada entre una nueva normalidad hecha de miseria para muchos y grandes privilegios para unos pocos y una nueva normalidad en la que se comparta más y en la que haya democracia y oportunidades para todos.

Debemos tener esperanza y actuar para que la dirección que tomemos sea la segunda.

 

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