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La fuerza de la alegría

Tercera entrega de los comentarios de Luigino Bruni sobre "Economía y Adviento"

Comentario – Un tiempo para entender también las diferentes «pobrezas»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 16/12/2012

logo_avvenireCuando regreso a Europa después de un viaje a Africa, Filipinas o Brasil, me llama mucho la atención lo poco que se canta ya en nuestras ciudades, comunidades y familias. Pero sobre todo, al contrario de lo que ocurre en esos pueblos más jóvenes, en nuestra tierra cantan poco los adultos y los ancianos. Y es grave que los mayores no canten, porque un anciano feliz, alegre, es un mensaje de esperanza y de vida para todos, pero sobre todo para los jóvenes a los que hay que ayudar a crecer con el ejercicio de la alegría de los adultos. Esa es la importancia, también cívica, de la frase: ‘estad siempre alegres'.

Pero ¿cómo estar alegres en tiempos de crisis? Para intuirlo hay que recordar en primer lugar que la alegría no es una palabra arcaica, sino muy actual: es palabra de futuro, si éste es mejor que el presente. Una palabra que tiene mucho que ver con las relaciones, puesto que es necesario que nos alegremos unos a otros. La alegría profunda está ligada por naturaleza a la gratuidad y a la reciprocidad. La alegría no es una palabra de la sociedad del consumo, el juego y las finanzas. No estamos más alegres cuando vamos a un centro comercial o cuando compramos lotería o cuando obtenemos grandes beneficios a través de las rentas o la especulación. La palabra alegría no encaja con estas experiencias y emociones, entre otras cosas porque la alegría no es una emoción.

La verdadera alegría se experimenta cuando se recibe la noticia de un nuevo puesto de trabajo, la curación de un familiar, un diagnóstico positivo; cuando se vuelve al hogar después de un largo viaje, sabiendo que alguien te espera y está preparando una fiesta; cuando uno se gradúa tras muchos sacrificios; cuando llega la reconciliación después de años de conflicto; cuando se espera la llegada de una nueva vida. Quien no conozca estas experiencias no necesita la palabra alegría y puede conformarse con diversión, entretenimiento, placer o happiness. Así pues, la alegría es una palabra fundamental para los tiempos de crisis, de cualquier tipo de crisis, porque nace de las buenas relaciones y las hace fecundas, fértiles, generadoras. La alegría es como un fertilizante, porque para crear empresas, trabajo, proyectos, familia y vida es esencial estar alegres. Un empresario ue pierde la alegría deja de innovar.

La creatividad, en la economía como en el arte, es casi siempre el fruto de unas personas adultas que, con gran esfuerzo, han sabido mantener al niño que llevan dentro. La alegría es una virtud que, como ocurre con todas las virtudes, hay que cultivar y cuidar toda la vida. La «perfecta alegría», además, nace de las heridas amadas, en uno mismo y en los demás, que de este modo se convierten en bendiciones para uno mismo o, lo que es más frecuente, para los demás. Finalmente, para conocer la alegría hay que ser pobres. Los pobres son los destinatarios del «alegre anuncio», porque la pobreza elegida, que no es ni la indigencia ni la miseria, es una precondición para poder estar alegres. Hoy en Italia y en Occidente hay muchos, demasiados, indigentes, excluidos de la vida económica y social (por ejemplo, por estar en paro), pero cada vez hay menos pobres en el sentido más alto y auténtico, aunque muchas veces olvidado, del término. Es la pobreza de la que habla el economista iraní Majid Rahnema, que, en un libro estupendo (que podría ser un buen regalo para esta Navidad), nos muestra una «miseria» que «hace imposible la pobreza», es decir: una pobreza mala (no elegida sino padecida) que hace muy difícil vivir la virtud-bienaventuranza de la pobreza elegida. Cuando se vive una vida de miseria, sin medios para que los seres queridos lleven una vida digna, no es posible elegir libremente una vida pobre. La pobreza buena y elegida, la única que da alegría, se llama austeridad, gratuidad, reciprocidad y nace de la conciencia espiritual y ética de que los bienes que tenemos sólo se convierten en bienestar cuando se comparten y cuando no se tratan como sustitutivos de las relaciones con los demás.

Esto las familias lo saben muy bien. Quien no conoce esta pobreza elegida y compartida no está alegre, porque no es capaz de distinguir la alegría del placer, la fiesta de la diversión, la pobreza de la miseria. La Navidad sólo es fiesta de verdad para estos pobres. Aprendamos entonces a desearnos una ‘Alegre Navidad'.

 

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