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Política, no mercado de votos

Comentario – Italia (y el mundo) necesitan visiones y opciones de «Competencia Civil»

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 06/01/2013

logo_avvenirePara hacerse una idea de hasta qué punto el lenguaje y la lógica de la política han sido tomados en préstamo por otros lenguajes, basta leer los periódicos o ver la televisión en esta fase preelectoral. Expresiones como “campaña” electoral, “competición” política, “arena”, “campo”, han sido tomadas del lenguaje militar, económico y deportivo. Cuando se aplican a la política y a la democracia, estas lógicas son muy peligrosas y generalmente equivocadas, porque casi siempre se refieren a la idea de relaciones antagónicas de “suma cero”, donde lo que uno gana otro lo pierde. La metáfora más poderosa, que cuenta ya con una larga historia, es la económica, que induce a leer la dinámica política como una competencia en los mercados.

Hay una amplia escuela de pensamiento que ha visto la política desde las pautas del mercado, y no siempre con resultados negativos o inciviles. Joseph Schumpeter, en los años 40 del siglo pasado, descubría con tristeza pero proféticamente que los políticos no son otra cosa que ‘comerciantes de votos’. A partir de aquella intuición surgió toda una teoría política “competitiva” donde los distintos partidos luchan entre sí para conquistar el voto del elector a fin de alcanzar el poder. En este sentido los partidos no serían sustancialmente distintos de las empresas, ya que las empresas (capitalistas) maximizan los beneficios económicos y los partidos maximizan los beneficios políticos (votos).

Detrás de esta concepción económico-competitiva de la política (el ‘mercado político’) se oculta la idea-ideología de que el mercado es el principal lugar e instrumento de libertad e igualdad y que lo es tanto más cuanto mayor es la competencia. Esta visión “competitiva” de la democracia es muy compleja cuando se sale del terreno de lo abstracto para entrar en la praxis política, entre otras cosas, porque, a diferencia de los mercados ‘civiles’, las coaliciones entre partidos, una vez que alcanzan el poder, lo pueden usar en su provecho, descargando, al menos en buena parte, los costes sobre las minorías menos dotadas de voz política. Esta lógica se convierte en devastadora si además quienes la ponen en práctica tienen una idea equivocada del mercado, como es desgraciadamente la que domina desde hace décadas en Italia y cada vez más en un mundo gobernado por las finanzas especulativas “de suma cero”.

La idea de competición económica que podemos deducir de las acciones y palabras de muchos líderes políticos, sería extravagante si además no fuera trágica. Una idea que hubiera dado escalofríos incluso a los economistas clásicos a partir de Adam Smith, por no hablar de los principales teóricos de la democracia, desde Mill hasta John Rawls. El mercado se concibe como el lugar donde la empresa A tiene como objetivo derrotar a la empresa competidora B. Aquí la competición, el cum-petere, se convierte en buscar (petere) juntos (cum) cómo ganar la misma competición, pero no implica ninguna acción conjunta, ninguna forma de cooperación intencionada. Esta es una idea deformada tanto de la competición como del mercado, ya que el buen mercado o la “competencia civil”, en palabras de Carlo Cattaneo, es exactamente lo contrario: el objetivo de la empresa A no es “vencer” a la empresa B, sino satisfacer de la mejor manera posible las necesidades de los consumidores; y si la empresa B es menos capaz que la A de satisfacer esas necesidades tiene dos opciones: mejorar o salir del mercado. Esta es la naturaleza más profunda de la competencia de mercado, que vista así es un asunto de cooperación, una acción conjunta. Así pues, si a alguien le gusta usar la categoría de competencia para describir la dinámica política, por lo menos que se oriente hacia su versión mejor, más profunda y civil.

En realidad, cuando, en los mercados y en la política, los actores ya no tienen la energía moral y el entusiasmo civil suficientes para mirar hacia delante y juntos en la misma dirección, y para proponer algo importante escuchando y hablando con los ciudadanos, entonces se miran “de lado”, con el consiguiente peligro de que la mirada sea miope y horizontal, orientada a derrotar al competidor, al rival, al adversario. Esto es un signo de malestar ético y antropológico profundo, una enfermedad que hay que curar con firmeza. La concepción actual, errónea, del ‘mercado político’ no es otra cosa que una señal (tal vez la mayor señal, como ya percibía Schumpeter) del deterioro de un modo de estar en el mundo y de cooperar.

Debemos ser capaces de concebir una nueva etapa explícitamente cooperativa, si verdaderamente queremos parar el declive que comenzó hace tiempo y que es mucho más profundo que la deuda o el PIB. Un camino que veo, conjuntamente con otros, consiste en dar vida, una vez cerrada esta fase electoral, a un proceso compartido y cooperativo, parecido al que inspiró la Constitución republicana, fruto de haber recuperado la concordia, y que consiguió transformar las ruinas de la guerra en un nuevo Pacto civil.

Los días que nos separan de las elecciones pueden ser sólo el comienzo, un primer paso, de un largo proceso para el que será necesaria la contribución de las mejores mujeres, y de los mejores hombres y jóvenes de la sociedad civil, hacia nuevas síntesis. Pero un primer paso, para ser un buen paso, exige desde ahora la capacidad de cultivar las razones de la concordia y el consenso, ponerse a buscar juntos. Es necesario tener el valor de poner en primer plano la imaginación y la proyección hacia el futuro que hay que construir, en lugar de agotar todas las energías en el afán por asegurar el control del presente.

 

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