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Ruido de cadenas

Comentario - Grecia, sus gentes, Europa

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 26/02/2012

logo_avvenireLo que está ocurriendo en Grecia es muy importante y todos deberíamos prestar mucha más atención. Esta crisis nos está gritando muchas cosas, todas ellas muy serias. Desde siempre sabemos que cuando una persona cae en desgracia económica, su libertad está en peligro. En el mundo antiguo, no pagar las deudas podía convertir a uno en esclavo del acreedor. El derecho de quiebra no se introdujo sólo como una garantía para los acreedores, sino también y sobre todo para evitar la esclavitud o la tragedia global de quien se veía abocado a la quiebra o a la inestabilidad económica.

En los sistemas democráticos modernos existe también un derecho individual a la quiebra, cuando la empresa de la que uno es propietario deja de tener esperanzas de poder salir adelante. Los acreedores cobran con lo que queda del patrimonio, en base a determinadas reglas y garantías; de esta forma se evita el dominio de los más fuertes y no es necesario convertirse en esclavos de nadie. Hoy no debemos bajar la guardia, porque hay peligro de que lo que hemos conquistado en el terreno de los derechos individuales sea desmentido en las relaciones entre estados. Al no poder quebrar en la práctica, los estados pueden terminar cayendo en nuevas formas de esclavitud (ya lo vimos hace años con la deuda de los países en vías de desarrollo, cuya condonación pidió la Iglesia católica – ante la amplia indiferencia de los poderosos, aun con alguna valerosa excepción -  con ocasión del Gran Jubileo del 2000).

Pocos parecen oír (y entender) este ruido de cadenas. Hay una pregunta que está en el centro del debate griego, pero no tanto en el europeo e internacional: ¿es justo que los ciudadanos griegos estén obligados a no poder quebrar, máxime cuando los que más sufren y sufrirán por el régimen impuesto a Grecia son los pobres y los frágiles y no los expolíticos ni los banqueros? ¿Qué pesa más en la balanza de nuestra civilización?

Evidentemente en la balanza hay que poner también, son muchos los que lo dicen, la poca seriedad (por usar un eufemismo) de los gobiernos griegos que han consumido demasiado y han falseado las cuentas, cometiendo un delito de quiebra fraudulenta del que tienen que responder sus responsables. Pero en la misma balanza hay que poner también – y esto ya no se dice tanto – la extraordinaria ligereza de las instituciones europeas que en su día hicieron que Grecia entrara en el euro cuando era evidente que no estaba preparada, entre otras cosas porque el tejido cultural tradicional y comunitario de muchos países del Mediterráneo no estaba – y sigue sin estarlo – orientado a abrazar el ethos individualista que domina en los mercados financieros. Finalmente, también hay que poner en la balanza la ligereza culpable de los bancos europeos e internacionales (especuladores) que han invertido masivamente en títulos de deuda griega, muy rentables pero evidentemente de alto riesgo: la oferta delictiva de títulos públicos tóxicos ha encontrado correspondencia en la demanda igualmente delictiva de los especuladores.

Si se quiere evitar de verdad la quiebra de Grecia, hay que dar vida a un proyecto sostenible y solidario, sin matar al enfermo con el tratamiento. Pero para hacerlo es necesario que Europa esté más presente y sobre todo que empiece a hablar. Cuando un país pasa por un momento difícil y grave es necesario que la política desempeñe su función simbólica y sepa hablar a la gente para que puedan comprenderse y realizarse incluso grandes sacrificios. Algunos líderes políticos del pasado, como Churchill, De Gasperi o Mandela, supieron hacerlo. Fueron estadistas que supieron hablar al corazón de su gente, en momentos de gran sufrimiento individual y colectivo. Pero ¿quién habla ahora a los griegos en nombre de Europa? No puede ni debe ser el BCE quien hable, tampoco consigue hacerlo el débil Parlamento de Estrasburgo ni la Comisión de Bruselas, cuyos líderes están totalmente ausentes de los debates y de los medios de comunicación en estos meses cruciales, mientras descabezan a los gobiernos nacionales. Cuando sólo hablan las instituciones económicas y financieras, muchas veces sus palabras son las del “siervo despiadado” del que habla el Evangelio.

Lo que más llama la atención cuando se observa lo que ocurre en Grecia es la soledad de ese pueblo. ¿Dónde están los estados hermanos? ¿Dónde los con-ciudadanos europeos?

Haría falta más solidaridad horizontal entre los ciudadanos europeos, como expresión concreta del principio de fraternidad sobre el que se construyó la Europa moderna. Sería impensable que ante la bancarrota de una región italiana las instituciones y los ciudadanos italianos abandonaran a otros ciudadanos italianos a su destino y a sus acreedores. Pero en Europa este abandono parece natural, sencillamente porque la Europa de los pueblos y de las gentes todavía está por construir.

Si viviéramos Europa como la tierra común de un mismo pueblo, sería evidente la fuerza de los pactos y no sólo la de los contratos. Decir pacto significa también decir palabras como perdón, una palabra demasiado ausente (per-don, en muchos idiomas remite al don), una palabra que hoy ha desaparecido del debate y ha sido borrada de contratos, préstamos y deudas. Las instituciones y los ciudadanos europeos tienen una gran oportunidad en esta grave crisis: reactivar el pacto fundacional que se encuentra en el origen de Europa y que hoy parece haberse convertido en una utopía, en tierra de nadie. Para que Grecia no quiebre hoy y otros países europeos frágiles mañana y para no masacrar la vida de los pueblos, no hacen falta a medio plazo préstamos despiadados y por lo tanto insostenibles. Debemos realizar pactos al lado de los contratos, per-dones al lado de los intereses y usar de forma apropiada y sensata el verbo restablecer. Debemos tratar de transformar la actual utopía europea en eutopia: la buena tierra común.

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