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De parte de los “mínimos”

Comentario – Los jóvenes y la importancia fundamental de la fraternidad

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 21/02/2012

logo_avvenireEl año que tenemos por delante puede ser crucial para empezar a reescribir algunos capítulos importantes del pacto social entre los italianos, tales como la ley electoral, el “mercado” de trabajo, las liberalizaciones y la reforma de los partidos, pero también la lucha contra la corrupción y la evasión y el nuevo y viejo estado del bienestar. En las últimas décadas hemos vivido una fase demasiado larga de enemistad civil y esta es una de las razones que explican la gravedad con que la crisis se ha abatido sobre nuestro país.

La Italia que salga de las elecciones del 2013, que inevitablemente serán el comienzo de algo nuevo (y esperemos que mejor), dependerá en buena medida de la calidad del compromiso cívico que todos y cada uno de nosotros pongamos a la hora de reescribir estos nuevos párrafos del pacto social.

Estos momentos fuertes (y fundacionales) pueden ser los más favorables para hacer operativa y concreta la teoría política más importante del siglo XX, la del filósofo americano John Rawls. En su tratado "Una teoría de la justicia" (1971), Rawls introdujo, entre otras cosas, una regla general para orientar las decisiones políticas cuando se quiere crear una sociedad justa. Su propuesta para los ciudadanos que elaboren el pacto social consistía en hacerles razonar como si estuvieran bajo «un velo di ignorancia». Se trata de un recurso teórico cuyo objetivo es ocultar, o no dejar ver claramente, el puesto (en términos de renta, recursos, oportunidades…) que esos ciudadanos ocuparán en la sociedad del mañana. En un contexto artificial y real como este (verosímil en muchas experiencias históricas de fundación de una nueva empresa o comunidad), el filósofo americano demuestra que existe una regla general, que él llama maximin, para elaborar las reglas del juego.

Esta regla consiste en prever el mejor trato posible (max) en la futura sociedad para los que se encuentran en los últimos lugares de la sociedad (min). Esta regla es, para Rawls, una declinación directa del principio de fraternidad, el más olvidado del tríptico de la modernidad. Una regla que es expresión de justicia social pero también de racionalidad individual, porque el día de mañana ese mínimo podría ser yo, un hijo mío o un nieto. De ahí deriva el corolario de que la justicia de una sociedad se mide principalmente en base a cómo se trata a los últimos.

Esta gran lección ético-racional debería estar hoy en el centro de nuestros debates. Debería llevarnos a preguntarnos quiénes son, aquí y ahora, los mínimos de nuestra sociedad. En este mundo que hemos construido, los últimos son cada vez más numerosos y vulnerables y los primeros son cada vez menos en número pero más ricos y fuertes. No hay duda de que los pobres en recursos y los desfavorecidos son mínimos. Pero hoy, tal vez más que nunca, también habría que incluir a los jóvenes. La cuestión juvenil tiene que estar en el centro del nuevo pacto social. Basta pensar en el tema del trabajo, sobre el que tanto se insiste desde estas páginas, no por casualidad. Pero el tema es más amplio y general. Debemos hacer, por ejemplo, que la nueva ola de entusiasmo liberal (que se olvida, entre otras cosas, de que esta crisis financiera estalló en América y en Inglaterra no por un mercado financiero demasiado regulado, sino demasiado libre) no acabe por extender también a Italia la reforma de los estudios universitarios que se realizó en Gran Bretaña.

En aquel país, como consecuencia también de una nueva fase ideológica, se pensó que sería bueno eliminar las aportaciones públicas a fondo perdido a las universidades, transformándolas – con la lógica del mercado – en préstamos a los estudiantes, reembolsables a largo plazo (hasta treinta años). Las tasas de los estudios universitarios de cualquier tipo y grado subieron enormemente y hoy un estudiante inglés no paga menos de 10.000 o 12.000 euros al año. Esto quiere decir que cuando ese joven adulto entre en el mundo laboral comenzará su carrera con una carga de al menos 50.000 euros, a los que habrá que sumar los de su joven esposa y los del préstamo para la vivienda (y alguien debería volver a recordar cómo nacieron las tristemente célebres hipotecas sub-prime…).

Además, deberíamos revisar la política de descuentos y ventajas económicas asociadas a la edad en muchos países. Un compañero mío, de 60 años, gran deportista y con excelente salud, acaba de recibir la tarjeta de plata, que le haría mucha más falta a sus hijos que rondan los 30 años y tienen trabajos precarios y familia. Sin castigar más a la mayoría de los pensionistas (porque, entre otras cosas, un país que ponga en competencia a los jóvenes con los ancianos no tiene futuro, ya que ambos son mínimos), sin embargo sí deberíamos entender que la revolución de la longevidad tiene cosas importantes y nuevas que decir sobre cómo repartir las “cartas” del juego de la vida y de las oportunidades de futuro. Este también es otro aspecto del pacto social.

Dentro de pocos meses, volverá a ponerse en marcha la competición política. Si no queremos que también esta vez sea una hobbesiana “guerra de todos contra todos”, debemos crear pronto una unidad y una amistad civil sobre la cual se pueda apoyar la com-petición política, si queremos que tienda al «bien común», al bien de todos y cada uno y por lo tanto también al bien de los jóvenes. De nuestros hijos y nietos.

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