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Más Europa para Eurolandia

Comentarios – Los retos de la crisis

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 24/11/2011

logo_avvenireEl gobierno Monti está dando sus primeros pasos y los está dando entre Roma y Europa, en la dirección justa y necesaria. La forma de hacer frente a la crisis, también a la italiana, pasa por relazar un gran proyecto europeo, mucho más ambicioso que la simple comunidad económica fundada con poca solidez sobre el euro: sin política las monedas y las economías son demasiado frágiles, sobre todo en esta era de la globalización. El epicentro de esta crisis financiera y económica está en los Estados Unidos y en un estilo de vida basado en endeudarse para consumir, así como en las finanzas creativas; es bueno recordarlo de vez en cuando. Pero la gran ola que ha llegado a continuación a las costas europeas ha encontrado unas instituciones demasiado frágiles, con riesgo de ser barridas, incluyendo las francesas y alemanas, como dan a entender las recientes señales que emiten los mercados.

Europa está llamada a dar un salto ya, a crear un nuevo pacto político europeo, firmemente anclado en el principio de subsidiariedad, que es uno de los pilares de la Unión Europea. Sin esta rápida evolución política, que no burocrática, los países individuales no conseguirán estar a la altura de los nuevos retos económicos, financieros y políticos. Cuando llegó la modernidad, las ciudades italianas eran el centro de la vida cultural, económica y política del mundo. Florencia, Venecia, Génova, fueron los ganglios vitales de la primera etapa de la economía de mercado y a su alrededor se construyeron verdaderos patrimonios financieros y políticos.

Genios come Maquiavelli, Leonardo, Miguel Angel, Pa¬cioli, fueron los frutos maduros de aquella civilización capaz de una innovación y una creatividad que todavía hoy no se han superado en buena medida. El descubrimiento del Nuevo Mundo fue el primer trauma de aquella civilización ciudadana y su auge, allá por el siglo XVI, fue el comienzo de su declive. Un elemento crucial del ocaso de la cultura y la economía italianas fue la miopía de los gobiernos de aquellas ciudades, que no comprendieron que aunque cada una de ellas fuera grande, ninguna era lo bastante como para mantener el paso con las nuevas potencias comerciales y políticas que asomaban en las Américas y en las Indias. La historia auténtica también se hace en condicional: hoy podemos decir que “si” aquellas extraordinarias ciudades hubieran encontrado un camino hacia la unidad política con un nuevo pacto, renunciando cada una de ellas a una parte de su soberanía y de su orgullo nacional, probablemente la historia y el peso económico, cultural y político de Italia hubieran sido distintos.

Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, se encuentran hoy en una situación que no es muy distinta a la de aquellas ciudades italianas al alba de la modernidad. Desde este punto de vista (económico y cultural) el parecido entre nuestros países y las ciudades italianas es hoy aún más fuerte que en los años 50, cuando era menos evidente que estaban asomando por el horizonte nuevas superpotencias (China, India, Brasil…). Si los países europeos, con su gran fuerza económica, política y comercial y su gran orgullo nacional, no son capaces de perder algo de su autonomía para concebir una nueva etapa europea verdaderamente política, en la línea de los grandes ideales de los padres fundadores, el ocaso económico, cultural y político creo que llegará pronto. Para evitarlo hacen falta decisiones valientes, urgentes y de amplio alcance. En primero lugar, hace tiempo que lo venimos repitiendo, hay que crear un verdadero banco central fuerte y con instrumentos capaces de responder a las presiones a las que está sometida una moneda importante como el euro. Pero para que esto sea posible y funcione, es necesario un cambio de ruta en la política y en la cultura europeas.

Las revoluciones a medias son peores que el sta¬tus quo: una Eurolandia sin Europa no tiene futuro ni presente. Hoy, como ayer, la energía para dar este paso hacia un nuevo pacto europeo hay que encontrarla en primer lugar en los ciudadanos, en la gente, en sus deseos y en sus ganas de futuro, en sus virtudes civiles y también en su capacidad de sacrificio. Porque, como escribía a mediados del siglo XVIII el economista napolitano Anto­nio Genovesi, «el mejor Estado no es el que tiene las mejores leyes, sino los mejores hombres».

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