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El trigo y la cizaña que crecen en la banca

Comentarios – En las operaciones de salvamento distinguir las funciones

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 22/10/2011

logo_avvenireEn la crisis financiera y económica que estamos viviendo hay una responsabilidad específicadel sistema bancario internacional y nacional. Los grandes bancos están llenos de activos, privados y públicos, cuyos valores son más nominales (en el papel) que reales y por lo tanto son cada vez menos fiables y seguros. Además, los grandes bancos controlan directa o indirectamente muchas grandes y pequeñas empresas, a las que a veces imponen su dirección y sus estrategias. Por no hablar del ahorro de las familias. Una crisis del sistema bancario no es sólo una crisis financiera, sino que directamente es también una crisis económica (empresas), social (familias) y política (estados).

Evidentemente también existe y es relevante la dirección inversa de este mecanismo crítico: el estilo de vida consumista de las familias occidentales, los comportamientos especulativos de las empresas y el despilfarro de los Estados han empeorado la “trampa de la pobreza” en la que hemos caído. Sigue siendo cierto, aunque no se dice mucho en los debates públicos, que los acontecimientos de estos últimos años están mostrando que el sistema bancario está gravemente enfermo y con él todo el sistema social.

En todo esto existe una precisa responsabilidad ideológica y legislativa que se remonta a la década de los 90, al entusiasmo ideológico por el "laissez faire, laissez passer" posterior a la caída del muro de Berlín. Efectivamente, en 1993 se cambió la ley bancaria italiana de 1936 que, tras la gran crisis de 1929, había introducido la distinción entre bancos comerciales y bancos de crédito especial, modificando la legislación anterior que se basaba en la “banca universal”.

La experiencia de la crisis había mostrado que los bancos comerciales, es decir los bancos que captan el ahorro y lo prestan a las empresas, deben estar sometidos a una tutela específica por parte de las leyes y controles, puesto que desempeñan una función esencial de interés general. La ley de 1993 volvió a introducir en la práctica la banca universal, en base al presupuesto ideológico de que los bancos son unas empresas como cualquier otra y por ello deben ser libres de operar en los mercados sin cortapisas, maximizando, como cualquier empresa, sus beneficios. No digo que no hubiera que reformar la ley bancaria de 1936; es más, en aquella ley había un énfasis estatal excesivo que necesariamente había que corregir y redimensionar.

Pero la eliminación de la antigua distinción entre bancos comerciales y bancos especiales, con la ideología económica subyacente, es una de las principales causas de la crisis que vivimos en Italia y en las restantes economías avanzadas (donde más o menos hemos seguido la misma tendencia). Así, los bancos han operado como las empresas y han ganado dinero, mucho dinero, demasiado. Antes de la crisis el sector bancario era uno de los que tenían tasas más altas de beneficio de toda la economía. Eso es una anomalía grave, si es cierto que la banca, al menos la comercial o tradicional, debería ser por naturaleza una empresa civil, es decir una institución cuyo objetivo no debe ser la maximización del beneficio sino garantizar el acceso al crédito y gestionar eficientemente los ahorros, que son intereses generales demasiado delicados y cruciales como para dejarlos al albur de los valores trimestrales de los beneficios.

Cuando hoy Europa o un estado deciden salvar a un banco están salvando dos realidades bien distintas entre sí pero que coexisten dentro de la misma institución bancaria. Quiero insistir en este punto: al salvar a los bancos comerciales, cosa que hay que hacer porque administran nuestros ahorros y financian a nuestras empresas, estamos salvando también a los bancos de inversión especulativos que, en caso de insolvencía, deberían quebrar por el bien del mercado y de la sociedad. No es económico ni ético que los estados, cada vez más endeudados, usen los impuestos de los trabajadores para salvar a los especuladores.

Dentro de nuestros grandes bancos (no de todos ellos evidentemente) conviven estas dos almas: la de la sucursal del barrio con el empleado humano y amigo y la de la oficina en Mónaco del mismo banco que gestiona operaciones especulativas off-shore. El problema crucial y de momento parece que insoluble, es que hoy parece que ya no somos capaces de separar el trigo de la cizaña, pero al menos de vez en cuando deberíamos decir en voz alta que el trigo no es cizaña y darnos nuevas leyes para que el día de mañana esta separación pueda realizarse.

Las finanzas y los bancos son demasiado importantes como para dejarlos en manos de los expertos. Durante demasiado tiempo así ha sido, pero ya es hora de que los ciudadanos volvamos a “habitar” estos lugares.

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