Crear tartas

Editorial – Emprendedores, no especuladores

Crear tartas

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 02/10/2011

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De ninguna crisis se sale con reducciones, recortes e impuestos. Tenemos urgente necesidad de que vuelva a ponerse en marcha la fábrica de la ciudadana, política y económica. Por eso la pregunta más seria y auténtica que podemos hacernos es: ¿qué debemos hacer? La operación es compleja, pero Italia (y todo Occidente) tiene  sobre todo necesidad de nuevos empresarios y de empresarios nuevos. Se ha abusado mucho de la palabra empresario y se ha tergiversado su sentido. En los medios de comunicación, los empresarios están muchas veces en el centro de la crónica, pero con frecuencia el sustantivo ‘empresario’ se usa de manera inadecuada y ofensiva para los empresarios de verdad. Para definir a muchos individuos a los que comúnmente se les llama empresarios, se deberían usar otras palabras como negociante o especulador.

La diferencia entre un empresario y un especulador radica en el papel que representa el beneficio para cada uno de ellos. El especulador es el sujeto, individuo o institución que tiene como finalidad la búsqueda del beneficio. No es necesariamente un delincuente o un enemigo del bien común, pero sí es alguien para quien la actividad de la empresa es simplemente instrumental, un medio como tantos otros para ganar dinero. Un especulador abre hoy una fábrica de zapatos, mañana una constructora y pasado mañana un hospital, con el único propósito de ganar dinero con esas actividades. El empresario, como nos enseña la vida auténtica de cada día y algunos grandes economistas como Schumpeter, Einaudi o Becattini, es distinto, porque el primer objetivo de su actividad es realizar un proyecto. El beneficio es un elemento más de su proyecto, es sobre todo una señal importante y fundamental de que el proyecto funciona, es innovador y crece con el tiempo. Así pues el empresario nunca “instrumentaliza” totalmente su empresa, porque le atribuye un valor intrínseco, al ser esa empresa expresión de un proyecto de vida individual y colectivo. Tan cierto es esto que muchos emprendedores, sobre todo en estos tiempos, ganarían mucho más dinero vendiendo la empresa e invirtiendo el dinero en fondos especulativos. Pero no lo hacen porque en esa empresa ven algo más que una máquina de hacer dinero, ven su identidad y su historia.

La crisis que estamos viviendo es también fruto de un proceso cultural que ha llevado a muchos emprendedores, demasiados, a transformarse en especuladores, perdiendo la relación con el territorio, con la gente de carne y hueso, con los trabajadores-personas y contribuyendo de este modo a agrandar unas finanzas que hoy gobiernan no sólo las empresas, sino el mundo entero. Pero sin empresarios auténticos no hay bien común. El empresario-innovador, a diferencia del especulador, ve el mundo como un lugar plagado de oportunidades; no se preocupa simplemente por aumentar su trozo de la “tarta”, sino que por vocación le gusta crear nuevas tartas. Desde el humanismo civil del siglo XV hasta los distritos industriales del made in Italy y desde los artesanos-artistas hastas los cooperativistas, Italia ha sido capaz de crear desarrollo económico y cívico cuando se han creado las condiciones culturales e institucionales que permiten cultivar las virtudes de la creatividad y la innovación. Por el contrario, hemos dejado de crecer como país cuando ha prevalecido la lógica del lloriqueo y la búsqueda y mantenimiento de rentas de posición, como en este último cuarto de siglo. Cuando la economía y la sociedad funcionan, las personas son el patrimonio más importante, mucho más que los capitales, las finanzas o la tecnología, porque solo las personas saben ser creativas y dar vida a las grandes innovaciones indispensables en tiempos difíciles. También hoy, tras décadas de borrachera por el crecimiento de los capitales tecnológicos y financieros, nos estamos dando cuenta de que las empresas que consiguen crecer y ser líderes en la economía globalizada son aquellas en las que hay una o varias personas capaces de ver la realidad de una manera distinta.

La inteligencia de las personas es la clave de toda innovación verdadera y de todo valor económico auténtico, como bien sabía el economista y político milanés Carlo Cattaneo: “No hay trabajo ni capital que no comience con un acto de inteligencia. Antes de cualquier trabajo y antes de cualquier capital, es la inteligencia la que comienza la obra e imprime en ellos por vez primera el carácter de riqueza”.

Hoy Italia no se hunde (todavía) porque, a pesar de todo, hay millones de personas, hombres y mujeres, trabajadores y empresarios, que todas las mañanas se levantan para cumplir con su deber, que tratan de resolver sus problemas y los de los demás, de ser innovadores echando mano de su creatividad. Si queremos salir de esta crisis, antes que nada debemos hacer posible la vida a estas personas y suscitar, sobre todo entre los jóvenes, un nuevo entusiasmo y nuevas vocaciones empresariales. Pero todo eso no sucederá mientras no pongamos en el centro de la escena a la sociedad civil, incluido ese pedazo de vida civil al que llamamos empresa.

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