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Deseos de política

Comentarios – Ejemplos de altura y nuevos recursos

Deseos de política

por Luigino Bruni

publicado en Avvenire el 18/09/2011

logo_avvenireEsta crisis esconde un nuevo deseo de política. En estos años estamos comprendiendo mejor que nunca, por experiencia propia, que el mito del mercado auto-organizado y auto-regulado es un modelo que sólo funciona en los libros de texto de economía. Pero fuera de los libros, los mercados tienen una necesidad imperiosa de instituciones, normas y gobiernos.

Por ejemplo, la competencia de mercado, cuando no va acompañada de otros principios coesenciales, no premia el mérito. A diferencia de lo que ocurre en el deporte, que muchas veces se utiliza erróneamente como metáfora del mercado, en la competición del mercado los competidores casi nunca salen de la misma línea, puesto que el vencedor de hoy mantiene su ventaja para la competición de mañana. Por eso debe haber alguna otra agencia que se ocupe de alinear de vez en cuando el punto de partida, si es que queremos que el mercado sea moral y un factor de civilización. Tradicionalmente esa “agencia” ha sido la política, que no debería competir en la carrera sino más bien ser un agente externo orientado al bien común.

En esta crisis echamos de menos gobernantes que sean nuevamente capaces de bien común. Por eso la gente demanda con fuerza una nueva política. Pero esta nueva “demanda” no encuentra “oferta”. ¿Por qué motivos? Ciertamente el mundo ha cambiado a gran velocidad, tal vez a demasiada velocidad. Los tiempos de la democracia no son comparables a los nanosegundos de la especulación financiera ni los espacios de la política son los del nuevo capitalismo de dimensión mundial. Pero no hay que olvidar que existe también un fenómeno interno de la clase política, no sólo la italiana, sobre el que no se reflexiona lo suficiente. Es la conocida teoría de la "selección adversa", introducida por el premio Noble de economía George Akerlof  en 1970. Este economista norteamericano demostró que en muchas situaciones reales el mercado no premia el mérito ni recompensa a los mejores, sino que el mercado, cuando es abandonado a su merced, tiende a atraer y a seleccionar a los peores o, dicho con sus palabras, a los lemons (fiascos).

El mensaje de esta teoría es sencillo pero importante: en un mundo real y por ello imperfecto, las instituciones y las organizaciones atraen a un tipo u otro de personas en base a las señales que emiten. Por ejemplo, las empresas que ofrecen sueldos altos y bonus a los directivos tienden a seleccionar a los candidatos más interesados por el dinero y los pluses, pero no necesariamente por el bien de la empresa. Una orden religiosa, para atraer vocaciones auténticas, debe dar señales claras de que ofrecerá a sus miembros gratuidad e ideales elevados; si, recurriendo al absurdo, prometiera pluses y confort atraería sin duda a las personas equivocadas. En resumen, cualquier organización, a la hora de seleccionar a su personal, debe ser muy cuidadosa con las señales que emite, ya que el primer instrumento de selección es la propia señal. Cuando una sociedad como la nuestra ve todos los días que sus clases dirigentes, ya sean de derechas o de izquierdas, se caracterizan por los privilegios, el dinero y las ventajas, inevitablemente tiende a atraer hacia la política a los individuos más interesados que la media en los privilegios y prebendas y menos motivados hacia el bien común.

Si la política quiere renovarse y estar a la altura de los nuevos desafíos, debe empezar a dar señales distintas, sobre todo a los jóvenes. Un pueblo, como cualquier persona o comunidad, para desarrollarse y crecer bien necesita de vez en cuando momentos de auténtico renacimiento ético e ideal. En el siglo XX estos momentos estuvieron provocados por “heridas” profundas (guerras, fascismo) que, como efecto indirecto, seleccionaron gobernantes de alta calidad moral y humana.

El milagro económico y civil de la Italia de la posguerra fue fruto, entre otros, de unos políticos que estuvieron a la altura de los tiempos, porque procedían de la parte más viva e ideal de la sociedad civil y de la comunidad eclesial. Casi 70 años después, los partidos y en general la clase dirigente occidental (sindicatos, asociaciones…) se han institucionalizado inevitablemente, perdiendo así gran parte de su capacidad de innovación civil; al igual que en buena medida se ha perdido en los lugares donde se formaron.

Si hoy alguien busca innovación auténtica en Italia, debe buscarla fuera de esos lugares. Por eso las razones del bien común conducen a una decrecimiento de esta política, para liberar las fuerzas innovadoras de la sociedad y de la economía civil, llamando con fuerza a un nuevo protagonismo y compromiso de las asociaciones y movimientos generativos que hoy siguen tal vez incluso más vivos que ayer en nuestra sociedad, cuyo capital más importante está constituido por las personas y sus “carismas” (dones).

Las innovaciones más importantes son cuestión de mirada, de visión y por lo tanto de personas: «No les llaméis problemas, llamadles dones», le gustaba repetir a la madre Teresa, porque sabía ver algo distinto y hermoso en los marginados de Calcuta. Nosotros no saldremos bien de esta crisis sin un nuevo protagonismo de la ciudadanía, de las personas.

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