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Idioma: ESPAÑOL

La familia, el trabajo y la fiesta en el mundo contemporáneo

En la apertura del Congreso Teológico de la VII Jornada Mundial de la Familia

Ponencia de Luigino Bruni

Milán, Fiera Milano City, 30 de mayo de 2012

Introducción

120530_Milano_Bruni_ridEn 1869, el gran economista y filósofo inglés J. Stuart Mill, decía en un libro que escribió en defensa de la mujer, una frase muy sugerente: “La formación moral de la humanidad no desarrollará todo su potencial mientras no seamos capaces de vivir en la familia con las mismas reglas morales que gobiernan la comunidad política” (1869, pp. 45- 47). Mill estaba convencido, y luchó mucho por ello, de que en su tiempo seguían existiendo dos lugares feudales, a pesar de los grandes progresos de la democracia. Esos lugares eran la empresa y la familia, lugares jerárquicos y faltos de libertad (en la familia, decía, la mujer era sierva del marido y en la empresa capitalista, los obreros siervos del patrón). Por ello promovía el movimiento de la cooperación, para llevar a las empresas democracia e igualdad y a las mujeres voto y trabajo, en pro de la igualdad en la familia. La democracia de la vida civil, según Mill, debía orientar también las relaciones familiares.

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Hoy en muchas partes del mundo (no en todas) la situación ha dado la vuelta. En muchos países la relación entre el hombre y la mujer en el seno de la familia está cada vez más centrada en la igualdad y el respeto mutuo, mientras que el mundo civil, sobre todo en la economía y el trabajo, sigue siendo demasiado asimétrico, jerárquico y masculino, no construido a la medida de la familia, ni de la mujer y mucho menos de la madre.

1. La familia, la gratuidad y el trabajo

La familia siempre ha sido y sigue siendo el lugar principal tanto para el trabajo como para la fiesta. Los tiempos y los momentos de la fiesta y del trabajo siempre han estado muy entrelazados. En la fiesta siempre ha habido trabajo (sobre todo por parte de las mujeres) y en el trabajo, en el buen trabajo, fiesta. Hoy estamos inmersos en una cultura del consumo y las finanzas que, al no entender el trabajo, tampoco logra entender ni vivir la fiesta. Necesitamos aprender a releer la familia, el trabajo y la fiesta juntos, evitando caer en el error de asignar a cada uno de estos tres términos lugares y ámbitos separados e incomunicados. Así pues, para reinterpretar en el mundo contemporáneo la familia, el trabajo y la fiesta, necesitamos una cultura y una mirada sim-bólicos, que unan en lugar de separar.

La familia se encuentra hoy en el centro de la peor crisis financiera y económica del sistema capitalista desde el final de la segunda guerra mundial. Cuando no hay trabajo, o cuando éste es frágil y precario, la primera que sufre siempre es la familia. Resulta paradójico que hoy se le pida precisamente a la familia que consuma más para relanzar el crecimiento. Se trata de una petición curiosa, cuando no ofensiva, como si fuera posible aumentar el consumo cuando no hay trabajo o cuando hay poco y malo.

El trabajo es hoy la cuestión seguramente más urgente, que reclama una reflexión más profunda y en gran parte nueva, acerca de en qué consiste verdaderamente trabajar y qué representa el trabajo para la vida. Hoy se escuchan muchas obviedades acerca del trabajo y la familia en el mundo contemporáneo. Para decir algo menos obvio, a la luz del humanismo cristiano y la Doctrina Social de la Iglesia, el punto de partida debe ser el gran tema de la gratuidad y del don, elementos compartidos, veremos por qué, por la familia, el trabajo y la fiesta.

La existencia de una relación fuerte y fundamental entre la familia y la gratuidad no es, desde luego, una afirmación controvertida. La familia es el ámbito principal en el que una persona aprende, durante toda su vida (no sólo en la juventud) lo que Pavel Florensky llamaba el arte de la gratuidad. Menos evidentes son las consecuencias de todo ello para el trabajo, la economía y la vida cívica. Para entender el sentido y el valor de este arte, es necesario preguntarse: ¿qué es realmente la gratuidad?, ya que estos últimos años de consumismo y finanzas han ocultado el significado de la palabra gratuidad, relegándola a espacios demasiado angostos.

La gratuidad se asocia con demasiada frecuencia a lo que se da gratis, a la promoción, al descuento, a la media hora no remunerada de trabajo extra. A algo simpático y tal vez útil, pero muy marginal, demasiado, con respecto a la vida económica y cívica que cuenta. En realidad, la gratuidad es algo mucho más serio, tal y como explica con  enorme claridad la Caritas in Veritate, 120530_Milano_pubblico02_ridque reivindica para la gratuidad el estatuto de principio económico. La gratuidad es por supuesto charis, gracia, pero también agape, como bien sabían los primeros cristianos, que traducían la palabra griega agape con la expresión latina charitas (con h), para señalar que esa palabra latina traducía a la vez el agape y la charis. La gratuidad, esta gratuidad, es una forma de actuar y un estilo de vida que consiste en acercarse a otras personas, a uno mismo, a la naturaleza y a las cosas no para usarlas de manera utilitarista en nuestro provecho, sino para reconocer su alteridad, respetarlas y servirlas. Está más en el “cómo” que en el “qué” se hace. Por eso, no se trata de contraponer el don al mercado, la gratuidad al deber. Antes bien, existe una gran complementariedad entre estos ámbitos: el contrato puede y debe ser subsidiario de la reciprocidad del don (como ocurre en muchas experiencias de economía social y civil, desde el comercio justo hasta la Economía de Comunión).

La familia es el lugar principal donde esta gratuidad se desarrolla y se conserva. La gratuidad implica, en efecto, que hay que realizar determinado comportamiento porque es bueno y no por su recompensa o por sanciones externas. Por eso, no hay trabajo bien hecho sin gratuidad y la gratuidad solo puede entenderse desde una ética de las virtudes, no utilitarista. ¿Por qué?

La ética de las virtudes, que a lo largo de los siglos ha dado vida también a la ética de las profesiones y los oficios, se basaba en una regla de oro, una auténtica piedra angular: la primera motivación del trabajo bien hecho se encuentra dentro del trabajo mismo, no fuera de él. La respuesta a la hipotética pregunta: “¿por qué hay que hacer bien esta actividad manual o dar esta clase?” es totalmente interna o intrínseca a ese trabajo, a esa comunidad o práctica profesional concreta. La siempre necesaria y muy importante recompensa, monetaria o de otro tipo, que se recibe a cambio de la acción, no es la motivación del trabajo bien hecho, sino sólo una dimensión, por muy importante y coesencial que sea, que, sin embargo, se sitúa en otro plano: es, en cierto sentido, un acto de reciprocidad, un premio o un reconocimiento del trabajo bien hecho, pero no es el “porqué” del trabajo bien hecho. Para trabajar puede ser suficiente la buena motivación del salario, pero para el trabajo bien hecho hace falta también la gratuidad. Las ciudades europeas, con sus catedrales y sus comercios y ferias, son el fruto de siglos de esta ética de los oficios y profesiones, profundamente entrelazada con el cristianismo. 

La cultura económica capitalista dominante, con su teoría y su praxis económica, está produciendo en este tema una revolución silenciosa pero de enorme alcance: el dinero se está convirtiendo en el único o principal “porqué” del trabajo, en la motivación para comprometerse con él tanto en cantidad como en calidad. Esta es la cultura que podemos llamar del incentivo, que se va extendiendo cada vez más incluso en ámbitos tradicionalmente no económicos, como la sanidad y la educación, donde se ha convertido en algo normal pensar que un maestro o un médico sólo se comportan como buenos trabajadores si están adecuadamente pagados y controlados. Semejante antropología está produciendo el triste resultado de acercar cada vez más el trabajo humano a la servidumbre, cuando no a la antigua esclavitud, porque quien paga no compra sólo las prestaciones, sino también las motivaciones de las personas y por ello también su libertad.

120530_Milano_Bruni_lato_ridToda reforma institucional y legislativa del trabajo y toda recuperación del empleo debe partir de una nueva confianza en los recursos morales y espirituales del trabajador, que, cuando trabaja bien, antes de obedecer a los incentivos o a los jefes, se obedece a sí mismo. Después de cuarenta años de trabajar mal ocho horas al día, toda la vida personal, familiar y social, deja de funcionar. Al trabajar no sólo nos decimos a nosotros mismos y a los demás qué hacemos, sino también quiénes somos; y si trabajamos mal, decimos mal quiénes somos, a nosotros y a los demás, porque trabajando mal vivimos mal. Trabajar mal tiene que ver con trabajar en el lugar equivocado, en medio de relaciones equivocadas, sin poder expresar la vocación, que es también vocación al trabajo. Hacer que toda persona encuentre su vocación laboral es un deber moral, ético, de toda comunidad educativa (desde la familia hasta la política, pasando por la escuela), porque lo que está en juego es nuestra felicidad, una felicidad que no puede comenzar sólo cuando volvemos a casa por la noche o el fin de semana. Si no somos felices mientras trabajamos, tampoco podemos serlo verdadera y plenamente cuando salimos de trabajar. No siempre es posible, para todos y durante toda la vida, hacer el trabajo que sentimos como nuestra vocación, pero nadie puede impedirnos vivir todo trabajo como agape, como relación y como servicio y así redimir y transformar en florecimiento humano cualquier trabajo. Es muy elocuente, a este respecto, la conocida frase del escritor italiano Primo Levi que , contando su experiencia, escribía: “En Auschwitz observé varias veces un fenómeno curioso: la necesidad del ‘trabajo bien hecho’ está tan radicada que nos impulsa a hacer bien incluso el trabajo impuesto, el trabajo de esclavos. El albañil italiano que me salvó la vida llevándome comida a escondidas durante seis meses, detestaba a los nazis, su comida, su lengua y su guerra; pero cuando le ponían a levantar paredes, las hacía rectas y sólidas, no por obediencia sino por dignidad profesional”. Hacer una pared recta incluso en un lager se convierte en un camino para sobrevivir en lugares inhumanos, porque aquella “pared recta” era la parte mejor del albañil italiano y por lo tanto la posibilidad y la fuerza para seguir viviendo y esperando. Es paradójico, pero cuanto más erróneo es el trabajo más “paredes rectas” debemos hacer si no queremos morir. Además, el trabajo bien hecho, la virtud, la excelencia, están siempre dentro de una relación con los demás, porque son los demás, una comunidad laboral determinada, quienes nos dicen si nuestro trabajo crece y madura en excelencia. Por eso el trabajo en el fondo siempre es una experiencia de reciprocidad. Este es también uno de los grandes mensajes de la encíclica Laborem Exercens, que no ha perdido actualidad. Por eso también las muertes en el trabajo (como las de estos días en Italia) son siempre especiales y distintas, ya que se intuye que quienes trabajan, aunque se estén ganando la vida, en realidad nunca están haciendo una cosa privada, sino que están contribuyendo al bien común, están produciendo mucho más que lo que reciben como salario.

Las familias siguen, por vocación y por deber ético, generando y regenerando patrimonios de gratuidad y de virtudes cívicas, pero si el mundo del trabajo y de la política no reconocen y no premian las virtudes, las familias no podrán lograrlo solas, con los graves daños para la economía que ya vemos. “Para educar un niño hace falta todo el poblado”, nos recuerda la cultura africana y para aprender el arte de la gratuidad hace falta la familia, pero también el colegio, la comunidad, toda la vida cívica. En caso contrario, continuamente se hace y se desjace la tela de la gratuidad y del deber (otra hermosa palabra hoy oscurecida). Este es un problema grave y serio, porque si no somos capaces de gratuidad tampoco seremos capaces de entender el contrato, de ser buenos trabajadores ni empresarios (hoy hay que recordar que los auténticos empresarios, que no son sólo especuladores, son antes que nada trabajadores).

Si, a pesar de todo, la familia quiere cultivar el arte de la gratuidad, y debe hacerlo, tiene que prestar mucha atención para no importar dentro de casa, tal vez con buena fe, la lógica que impera fuera. Es importante, por ejemplo, no usar la lógica del incentivo dentro de la dinámica familiar. Hay que usar muy poco el dinero en la familia en general, pero sobre todo con los niños y adolescentes. Y cuando se usa debe hacerse como premio o  reconocimiento, nunca como precio o incentivo. Por ejemplo, si los padres empiezan a pagar a un hijo (5 euros) por recoger la mesa o cortar la hierba del jardín, el primer efecto que se produce es que el chico comienza a pensar que su acto (al que nunca antes le había dado valor monetario, porque se movía en otro registro) vale 5 euros, que es muy poco. Cuando el dinero entra en medio de una relación humana tiende a convertirse en la motivación y el valor de lo que antes se hacía sin paga. En segundo lugar, en poco tiempo se produce un efecto de contagio (“spillover”): el chico comenzará a pedir dinero también por otros trabajos (hacer la cama…). Y si un día el incentivo monetario desapareciera, con toda probabilidad todos esos trabajos se verían interrumpidos. Cuando se introduce el dinero en una relación ya no hay vuelta atrás, puesto que el dinero tiene el fuerte poder de cambiar la naturaleza de la relación. Uno de los deberes típicos de la familia es precisamente formar a las personas en la ética del trabajo bien hecho, sencillamente porque… las cosas hay que hacerlas bien, porque en las cosas existe una vocación que hay que respetar en sí misma, incluso cuando nadie nos ve ni nos aplaude, nos castigue o nos premie (aunque ciertamente los premios son esenciales para reforzar una educación basada en el valor intrínseco de las cosas). Hay que hacer la cama porque es en sí mismo bueno hacerla, no por la paga (que a veces, no siempre, puede llegar como un reconocimiento de que la cama se ha hecho bien, pero nunca como motivación); los deberes hay que hacerlos con esmero, porque está bien hacerlos bien, es decir por razones internas a la propia actividad, que mañana se convertirá en un trabajo, en una profesión. En cambio, si se empieza a practicar también en la familia la lógica y la cultura del incentivo y la paga se convierte en el “por qué” se hacen o dejan de hacer tareas y deberes, esos jóvenes difícilmente serán buenos trabajadores de adultos, porque el trabajo bien hecho siempre se construye sobre esta gratuidad que se aprende sobre todo en los primeros años de vida.

Por eso debemos tener bien presente que la gratuidad, la charis, como nos enseña San Francisco, no es el precio cero, sino el “precio infinito”. ‘Cuando anunciéis el evangelio no pidáis dinero’, advertía San Francisco, comerciante e hijo de comerciantes, ya que, añadía, ‘si tuvieran que pagaros necesitarían todo el oro del universo’. Así pues, la charis no se paga porque costaría demasiado, porque es impagable y no porque no cueste nada. Quienes viven en familia saben bien cuánto cuesta la gratuidad. Pero una cultura que aprecia sólo lo que tiene un precio de mercado, deja de entender el valor, los valores y por ello tampoco entiende el valor de las cosas.

A partir de aquí se comprende también un fenómeno muy relevante tanto para las familias como para el trabajo. Me refiero a que la actual cultura económica no entiende el trabajo que se realiza dentro del hogar, que es un trabajo mayoritariamente (aunque hoy ya no exclusivamente) femenino. Nuestra cultura sigue asociando demasiado a la mujer con el ámbito privado de la casa y por ello del consumo. De hecho, el trabajo que se realiza dentro de la familia, literalmente no “cuenta” - no hay ninguna contabilidad pública que lo recoja – porque se asocia a la mujer, que no produce sino que consume. Este trabajo, al no pasar por el mercado, no puede tener un precio y por ello tampoco un valor público. Exactamente igual que no se valoran las relaciones de proximidad y buena vecindad no monetarias.

La cultura que interpreta la gratuidad como “precio cero” o como la cultura del gratis, por ejemplo, llega a teorizar, y después a actuar en consecuencia, que los trabajos de asistencia y cuidado de las personas 120530_Milano_pubblico01_riddeben estar peor pagados, precisamente para salvaguardar su naturaleza de gratuidad (es decir de precio cero). Este es un grave error económico y cívico, que lleva, entre otras cosas, a justificar sueldos más bajos para muchos trabajos en la educación y la asistencia (también en este caso mayoritariamente femeninos). No debemos asociar la gratuidad a la indigencia y mucho menos a la explotación. La pobreza libremente elegida es una bienaventuranza; pero la indigencia que se padece a causa de una cultura económica reduccionista y por lo tanto equivocada, hace muy difícil, cuando no imposible, la vida de quienes quieren cultivar su vocación laboral en los sectores de la educación y la asistencia y no tienen un cónyuge rico o rentas (en Italia, uno de cada tres niños hijos de madres solteras se encuentra bajo el umbral de la pobreza y muchas de estas madres realizan trabajos de asistencia y educación mal pagados). Todo eso es injusto y grave. Hoy una buena batalla cívica que combatir es distinguir lo gratis de la gratuidad, no contraponer el contrato al don, ni una retribución justa a la gratuidad. No debemos asistir inermes y en silencio al espectáculo de un sistema económico-político que remunera con sueldos millonarios a los directivos privados y públicos y deja en la indigencia a maestras y enfermeras. Es una cuestión de justicia y por lo tanto política, ética y espiritual.

A propósito de esto, no podemos pasar por alto el gran y urgente tema de la conciliación del trabajo con la familia, e indirectamente el trabajo de las mujeres. Esta cuestión no puede sustanciarse sólo en el eje económico (“quién paga y por cuánto tiempo”). Cuando una mujer, por ejemplo, deja el trabajo por una o varias maternidades, no se enfrenta sólo al problema de mantener su puesto de trabajo o de disponer de periodos de descanso más largos manteniendo una parte digna del sueldo; también se le presenta el problema de la reincorporación a su puesto de trabajo sin perder las inversiones relacionales y profesionales realizadas con anterioridad, sin verse obligada a realizar tareas más bajas y fragmentadas, que producen frustración y muchas veces conducen al abandono del trabajo.

Así pues: gratuidad, familia y trabajo. Pero hay algunas otras cosas que decir, que me parecen relevantes. Las personas que trabajan y conocen el mundo laboral saben que el verdadero trabajo comienza de verdad cuando vamos más allá de la letra del contrato y ponemos lo mejor de nosotros mismos al prepara una comida, apretar un tornillo o dar una clase. Trabajamos de verdad cuando delante del Sr. Rossi ponemos Mario, cuando delante del profesor Bruni ponemos Luigino. Pero aquí aparece una paradoja vital y crucial en el mundo del trabajo contemporáneo. El trabajo es verdaderamente tal y produce frutos de eficiencia cuando excede al contrato y al deber, es decir cuando es don.

En otras palabras, con los habituales contratos de trabajo y con los incentivos, la empresa puede comprar la prestación, a qué hora entro o salgo, qué hago… Pero no puede comprar mi pasión ni mi creatividad ni mis ganas de vivir. Estas cosas esenciales o las da libremente el trabajador o no existen. Las empresas han construido, en estos dos siglos de capitalismo, todo un sistema de incentivos y de recompensas, pero sin conseguir reconocer el plus de don que hay en todo verdadero trabajo.

Creo que precisamente esta imposibilidad de reconocer la excedencia del don en el trabajo es una de las razones por las que, en cualquier trabajo, después de los primeros años casi siempre llega una profunda crisis, cuando nos damos cuenta de que durante años hemos estado dando lo mejor de nosotros mismos a una empresa sin sentirnos verdaderamente conocidos ni reconocidos por lo que hemos dado, que siempre es inmensamente más grande que el valor del salario recibido. A veces se cambia de trabajo buscando precisamente este verdadero reconocimiento que, al no llegar, produce dolor y un sentimiento de injusticia. El arte más difícil que deben aprender y cultivar los directivos de empresas y organizaciones es precisamente el arte de encontrar mecanismos que sepan reconocer, al menos en parte, el don que hay en el trabajo, en todo trabajo.

Una última reflexión sobre el trabajo y la familia, antes de pasar a la última parte de esta intervención: a la fiesta.
La cultura económica, política y social dominante no entiende el trabajo porque, al no ver la virtud ni la gratuidad, tampoco logra ver el trabajo, o lo ve desenfocado. Y no lo ve porque tiene demasiado presentes otras cosas, que están llenando el horizonte de nuestras civilizaciones. Estas cosas que invaden, obstaculizan y eclipsan el trabajo son sobre todo el consumo y las finanzas. En el centro de la escena, hoy no está el mundo del trabajo (como mucho “el mercado” de trabajo, o mejor sin comillas), sino el mundo del consumo y las finanzas. Pero cuando el consumo y las finanzas pierden el contacto con el mundo del trabajo, con los trabajadores y con el esfuerzo, se convierten en consumismo hedonista y en finanzas especulativas, porque siempre es el trabajo el que da la justa medida a nuestra relación con los bienes y con el dinero.

Es especialmente preocupante lo lejos que están del mundo del trabajo los adolescentes y los jóvenes. La primera experiencia de los niños con la economía se realiza a través del consumo, dentro del carrito del supermercado, como nuevas Alicias en el país de las maravillas. Nuestros niños cada vez asisten con más pasividad al bombardeo de la publicidad comercial y además cada vez pasan más horas con sus padres en los centros comerciales. No hay nada malo en ello, dentro de un orden, pero sería mejor si además de la experiencia del consumo y el consumismo se le añadiera algún encuentro con los lugares donde se trabaja: talleres, fábricas, oficinas… Sería importante seguir de vez en cuando el ciclo de los productos y ver cómo y dónde nacen la comida y los bienes que pueblan los mágicos y luminosos templos del consumo. Alejados de los lugares de trabajo, a los adolescentes y jóvenes cada vez les resultará más difícil imaginar su futuro laboral, posible y sostenible.

2. El trabajo y la fiesta

Logo_Fam_Mi_home_thumbAsí llegamos a la fiesta, un tema que por desgracia no es típicamente económico, aunque sí muy importante para la vida económica. Si el ser humano es un animal social y simbólico, la vida humana necesita también la fiesta; y mientras trabajar sea vivir, también el trabajo necesita y necesitará siempre la fiesta. Por eso hoy la economía y el trabajo deben reconciliarse también con la fiesta.

El esfuerzo y el trabajo humano no son enemigos de la fiesta ni del domingo, nunca lo han sido. Sus verdaderos adversarios son los estilos de vida basados en el consumo y en la búsqueda del beneficio y la renta, que terminan por someter a los trabajadores robándoles tanto el domingo como la fiesta. Quienes viven y aman el trabajo, también viven y aman la fiesta y sus tiempos.

La economía capitalista no entiende la fiesta por los mismos motivos por los que no entiende el don auténtico: la fiesta es esencialmente un asunto de gratuidad y de relaciones. Me limitaré a decir algunas cosas sobre la fiesta en el trabajo, aunque podrían decirse muchas cosas sobre el valor de la fiesta en sí misma, en la familia, en la iglesia y en la vida civil.

Pero ¿qué es la fiesta? Su etimología viene de la misma raíz que feria (arcaico fesia), los días de feria, días laborables (esto ya debería resultar muy expresivo para el razonamiento que estamos haciendo sobre el trabajo y la fiesta). Según otra interpretación, derivaría del griego banquete, pero un banquete en el que se acoge a los invitados (si no hay al menos un invitado la fiesta no es plena). En particular, la festia era el hogar, que tiene relación con el sánscrito vastya: casa. Así pues, la fiesta tiene que ver con el trabajo y con la casa.

También es interesante la diferencia entre el significado de la fiesta y el de la diversión, una palabra que viene del latín “divergere”, es decir dirigir la mirada hacia otro lado. Mientras que existe una sinergia y una amistad entre los ámbitos de la fiesta, la familia y el trabajo, la diversión es mirar hacia otro lado, sobre todo distraerse del trabajo, pero también de la familia y de las relaciones.

La economía capitalista y consumista conoce y necesita la diversión (pensemos en el negocio que genera), pero tiene miedo de la verdadera fiesta, no la entiende, porque la fiesta es cosa de relaciones no instrumentales y de gratuidad (casa y hogar), dos categorías extrañas y ausentes de la actual ciencia y praxis económica, porque son experiencias subversivas para cualquier poder. Al no entender la fiesta, tampoco entiende la feria, el trabajo, como ya he dicho. Aunque es cierto que existe una distinción entre trabajo y fiesta y es importante preservar los lugares y sobre todo los tiempos y los días de fiesta, aún es más importante recordar que en estos tiempos de carestía de la verdadera fiesta existe una enorme indigencia de fiesta dentro del mundo del trabajo y la economía. El traje de fiesta debe ser también el traje limpio del trabajo.

Pensemos, por poner un ejemplo de la vida diaria, lo importante que es en las empresas celebrar los cumpleaños, las bodas, las cenas juntos, las enfermedades superadas y sobre todo el nacimiento de los niños: son ritos esenciales en todo lugar humano. En todas las civilizaciones, según nos dicen los antropólogos, los ritos sirven para crear vínculos, para consolidar la pertenencia a un cuerpo, para sentir que hay en común algo más profundo que los contratos o los intereses. Por eso, una señal clara y fuerte de que se está deteriorando la calidad de las relaciones en un lugar de trabajo es cuando empiezan a descuidarse y olvidarse los nacimientos, las bodas, los ascensos, las cenas en Navidad o en otros momentos fuertes del año. Un verdadero empresario, por ejemplo, sabe por instinto que lo último que debe recortar, incluso en tiempos de crisis, son los regalos de Navidad a los empleados, porque si recorta esos costes empieza a recortar el capital inmaterial del que después carecerá o será muy frágil, precisamente en los momentos difíciles de las crisis. Muy distinta es la situación, que conozco personalmente, en la que el empresario comparte con todos sus empleados la crisis que está viviendo y son los mismos empleados quienes proponen recortar esos costes en regalos. En tal caso, la herida del recorte se convierte en una bendición porque hace crecer el vínculo social. Pero estas cosas ocurren cuando los empleados ven que durante la crisis también el empresario hace, como ellos, una experiencia de pobreza y gracias a ello puede surgir la fraternidad entre todos que exige esa igualdad que las crisis pueden crear. Los seres humanos, sobre todo cuando trabajan, necesitan mucho más que dinero para dar lo mejor de ellos mismos. La fiesta refuerza estos vínculos más fuertes que los contratos, porque es expresión del registro simbólico de los pactos. El puesto de trabajo es un lugar humano donde se sufre y se disfruta no sólo para obtener el salario, sino para dar sentido a nuestra presencia en el mundo, a nuestra vida de años en ese lugar y con esas relaciones.

¿Qué más diré sobre la fiesta? Me referiré brevemente a tres aspectos para después ir a la conclusión.

 a)    La fiesta tiene necesidad del trabajo, no solo porque, como he tratado de sugerir, la dimensión de la fiesta es inherente a un trabajo verdaderamente humano y ético, sino también porque los tiempos del trabajo marcan los ritmos de la fiesta y viceversa. De aquí se deriva una consecuencia que considero muy relevante, incluso políticamente: cuando uno está en paro o sub-ocupado, no sólo pierde el trabajo sino también la fiesta, ya que la fiesta sin trabajo nunca es verdadera y plena fiesta, para la persona y para la familia. Y viceversa. Cuando quien trabaja no conoce la fiesta, deja de trabajar para hacer la experiencia del esclavo, aunque esté muy bien pagado. En cambio, cada vez es más normal que las grandes empresas capitalistas contraten jóvenes, con un sueldo excelente, automóvil de lujo y promesas de una fulgurante carrera, pero a un precio (invisible pero muy real) demasiado alto: renunciar a los tiempos de la fiesta y, a la larga, a los tiempos de la vida. Cuando no se respetan los tiempos de la fiesta y por ello los de la familia y la vida, tal vez dejando espacio sólo a la diversión, en estos trabajadores se van secando poco a poco los pozos de los que se extrae la energía para el trabajo, y se encuentran, pocos años después, exprimidos y exhaustos como personas y como trabajadores. Es muy urgente crear nuevos trabajos y proteger también institucionalmente a los más frágiles (en tiempos de crisis hay que fortalecer, no debilitar, la tutela del trabajo, porque en estos momentos la gente necesita señales simbólicas de confianza pública), entre otras cosas porque creando trabajo sostenible se crea también la posibilidad de la fiesta. Es elocuente que, ante la crisis, los gobiernos cada vez tengan más tentaciones de quitar los días de fiesta y a veces (como en Portugal) lo consiguen.

b)    La fiesta, además, es uno de los momentos en que, tanto en la familia como en el mundo del trabajo, se da valor a las personas que durante la actividad laboral son menos valoradas: personas menos eficientes pero con talentos artísticos y relacionales; o, en el ámbito familiar, los niños, que no solo son en muchas ocasiones el motivo de la fiesta sino también sus principales protagonistas. Por otra parte, la fiesta es indispensable en los momentos de crisis, como nos recuerda también la gran cultura bíblica, ya que en los momentos de la prueba (en el trabajo y en la familia) la fiesta vuelve a alentar las ganas de vivir y de luchar juntos. Por eso, en las cooperativas y en la economía social, civil y de comunión, por ejemplo, se organizan muchas fiestas, porque éstas nacen de la fraternidad que ya existe y la recrean y fortalecen. Por eso la fiesta no es verdadera si durante la fiesta seguimos prisioneros de roles, estatus y jerarquías.

c)    La fiesta necesita tiempo y eso lo saben bien quienes organizan fiestas en casa, o también en la parroquia y en las comunidades y lugares de trabajo. La fiesta, cuando es verdadera fiesta, no puede comprarse, sino en una mínima parte, en el mercado; hay que autoproducirla. La fiesta se produce y se consume juntos. Por eso exige trabajo, porque una buena fiesta hay que prepararla, vivirla; lleva trabajo y en las comunidades tradicionales sobre todo trabajo femenino. En mi familia la forma de la fiesta del domingo era distinta para los hombres y para las mujeres. Las mujeres trabajaban más en las fiestas, pero no por eso dejan de vivir la fiesta, aunque lo hicieran de forma distinta; vivían la fiesta también trabajando. Hoy en las familias se celebra poco, entre otras cosas, porque ya no puede ser solamente la mujer – que no cuenta con la ayuda de otras mujeres, como en las comunidades tradicionales – la que trabaje para la fiesta. Solamente un trabajo y una preparación compartidos entre hombres y mujeres harán que la fiesta hoy sea sostenible y no demasiado escasa.

Conclusiones

Concluyamos. La familia no presta hoy un buen servicio a la economía consumiendo más, sino consumiendo menos, es decir consumiendo menos mercancías y creando más bienes: más bienes relacionales, bienes espirituales, bienes de proximidad que, además, son bienes esenciales para la recuperación y el desarrollo económico.

Hoy la familia debe lanzar, con la vida pero también con las palabras,  mensajes concretos al mundo de las instituciones. Quiero reseñar tres de estos mensajes:

1.    Los bienes económicos no siempre son buenos. Las familias conocen por vocación natural y porque lo experimentan en su propia carne y en su propia alma, los grandes fracasos espirituales, sociales y económicos que está produciendo un consumismo que llena con mercancías el vacío de relaciones. Hoy hay muchas, demasiadas, pobrezas y tragedias debidas a la indigencia de relaciones, que se intenta llenar con el juego, loterías, alcohol, televisión y comida (para adultos y cada vez más para niños). Las familias y las asociaciones familiares deberían luchar por una moratoria de la publicidad dirigida directamente a los niños (en los últimos 20 años la facturación de la publicidad para niños ha aumentado en Europa más de 100 veces; los niños son demasiado valiosos para dejarlos en manos de los mercaderes con ánimo de lucro), pero también de la publicidad de los juegos de azar (es muy preocupante la difusión de loterías, apuestas y juegos on-line, un fenómeno - el regreso de la diosa pagana “fortuna” – que cuenta con la complicidad y connivencia de los gobiernos, que mina de raíz el humanismo cristiano y occidental que nació afirmando que “la virtud supera a la fortuna”). Batallas civiles que no pueden delegarse enteramente en la política y en las leyes, sino que deben ser sostenidas desde abajo por las familias, premiando a las empresas y a quienes realizan gestos virtuosos (tal vez con una marca de calidad otorgada por asociaciones familiares), que después pueden extenderse a más amplia escala.

2.    “No tienen vino”: la familia dice y recuerda que se vive mal e incluso se muere no sólo por falta de pan, sino también por carestía de “vino”, es decir de fiesta. Esta es, tal vez, otra de las muchas enseñanzas del gran relato evangélico de las “Bodas de Caná”, donde Jesús realiza su primer milagro precisamente durante una fiesta de bodas (fiesta, familia y trabajo), y lo hace porque faltaba algo que muchos pueden considerar superfluo, al no ser el vino un bien de primera necesidad. Pero para la fiesta hace falta también vino y para la vida hace falta fiesta, familia y trabajo: esto lo sabía y lo sabe bien la cultura campesina y artesana. La familia sabe que también cuando se viven momentos de pobreza y de crisis, la fiesta (el “vino”) es indispensable, no menos que el pan, para encontrar cohesión espiritual y fuerza moral para seguir viviendo, para realizarse y volver a ponerse en camino. Sólo superaremos las crisis, incluida esta crisis económica y social, si sabemos volver a aprender a hacer fiesta, es decir volver a encontrar las ganas de vivir y crecer juntos, el sentido de pertenencia a un destino común, el entusiasmo, que es la principal energía de las empresas y del mundo del trabajo.

3.    Para terminar, un tercer mensaje fuerte que las familias deben dirigir al mundo y a la economía actual, enferma de consumismo, hace referencia a la pobreza. La pobreza es al mismo tiempo una plaga de la humanidad (cuando no es elegida sino causada por otros o por las circunstancias de la vida), pero es también una palabra del evangelio y por lo tanto también un camino de felicidad y florecimiento humano, cuando es libremente elegida, cuando la pobreza se declina como sobriedad y como renuncia al dominio de las mercancías y del dinero por la libertad de los bienes relacionales y espirituales y de la gratuidad. El consumismo es cada vez más un estilo de vida, casi una religión, que seca en las personas las fuentes de la transcendencia, de la vida interior. Las familias conocen las tragedias de la pobreza, pero también conocen la bienaventuranza de la sobriedad, la belleza de no tenerlo todo inmediatamente, la importancia no sólo del “ya” sino también del “todavía no”. Por eso deben hacer todo lo posible, incluso juntas, incluso políticamente, para derrotar la miseria y la indigencia de muchas familias (los datos nos dicen que la miseria en el mundo la sufren sobre todo los niños y las mujeres), que hoy están aumentando de nuevo en el corazón de las sociedades opulentas. Hay que luchar contra las muchas formas de pobreza, pero no para optar por un estilo de vida consumista sino para poder elegir, libremente, una vida sobria y de comunión. Hay que recordar que la primera y más eficaz manera de derrotar la miseria y la exclusión es creando trabajo. Esta es también la vocación cívica y moral e la empresa y del empresario. Sobre el valor de la pobreza elegida, pensemos también en los niños. Los niños que no aprenden esta libertad y esta pobreza “buena”  (y los adultos que no la aprenden y enseñan cada día), es decir los que no son ni siquiera un poco pobres porque lo tienen todo ya, pierden el deseo y la capacidad de sorprenderse. Les roban la infancia, aunque estén rodeados de cosas y de consumo (precisamente por eso), porque la infancia es el tiempo del deseo y de las sorpresas, que después alimentarán los sueños y los proyectos generativos de la vida laboral adulta. La fiesta necesita, al igual que el don, de una cierta pobreza, ya que si siempre es fiesta, termina por no ser fiesta nunca. La pobreza, la falta de algo (no de todo) hace que la fiesta sea fiesta porque es esperada, porque en ella llegan regalos que llenan, al menos en parte, esa indigencia. Sólo esta bella pobreza del evangelio genera y alimenta el deseo, que es la energía de la vida: “Muchacho gracioso, esta edad tuya, florida, es como un día de alegría lleno, día claro, sereno, que precede a la fiesta de tu vida” (Giacomo Leopardi, El sábado de la aldea).

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